Una sonrisa encontró hueco entre los dientes al ver la ciudad lego, los bloques adosados entre árboles, surcados de avenidas llenas de vehículos. Media hora entre aterrizaje, bajar escaleras y sentir la tierra.

Volví a mi ciudad con los huesos fríos - no me había dado cuenta hasta que tus dedos se enredaron con ellos - Nuestras cuencas vacías nos reconocieron cuando teníamos treinta años, cuando tu iluminabas las avenidas con tu sonrisa, cuando llenabas mi cerebro con tu rostro, cuando esa mirada enamorada paralizaba la humanidad entera, cuando aspiraba  el olor de tu espalda y la electricidad de nuestros cuerpos producía cortocircuitos.

No lo planeamos, no decidimos nada, mis huesos siguieron a los tuyos como antes y terminamos, otra vez, en una roñosa habitación desconocida - el pasado nunca se fue - haciendo lo que mejor sabíamos hacer, cuando estábamos juntos, besos inexplicables, caricias que no tocan la piel, cuerpos que ignoran el paso del tiempo.

En esa habitación, que duda cabe, estaban también los protagonistas de nuestras vidas separados, tu pareja, mi pareja, los amores antiguos, la cara de tu hijo, mis días sin ti y tus días sin mi.

Sin embargo no nos sentimos culpables, hace tiempo dejamos de tener voluntad, era y fue el destino quien siempre nos alejó y nos acercó a su antojo.

Es inútil resistir, el amor, tarde o temprano reclama lo suyo.

Mientras pensaba en tu nueva vida y en esta estación en la que nos encontrábamos te vi acercarte a la recepción, sacaste tu billetera frente a los ojos oscuros de esa mujer, tus dedos firmes dibujando jeroglíficos en el aire, tu voz derribando muros de hielo, ya sé que no es tiempo de cruzadas, pero cualquier cosita que haces me parece una hazaña, luego retomaste tus pasos, te cruzaste con una pareja, como quien esquiva una columna. Tu cara era feliz, tu sonrisa iluminó de nuevo la ciudad.

Ya se que te tienes que ir, la vida te reclama, una vez más el destino te roba de mi, pero esa sonrisa tuya hará más tibia mi tumba.