8 de Septiembre, 2013, 10:26: GladysGeneral


No recuerda si fue la mañana siguiente a la visita del burdel, la memoria es muy puñetera, podría ser, pero también, vaya usted a saber si no fue hace mil años, cuando en el mundo todo era nuevo. Aquí vamos a ignorar el tiempo porque lo importante son los sentimientos, a fin de cuentas el amor siempre ha sido un juego perdido en la historia de la humanidad.

Vuelvo al primer punto, era muy temprano, el aire aún estaba limpio y el señor de azúcar caminaba por la ciudad como si no fuera él. Pero no se engañaba, por supuesto que era él, se lo gritaban los ventanales de las tiendas con sus voces cristalinas, o las imágenes de su cuerpo enfundado en sus ropas viejas, o esos ojos que lo contemplaban sin compasión desde los espejos.

¿Así que ese soy yo? se preguntaba. Qué extraño. ¿Cuánto tiempo lleva ese cuerpo ahí? Los mismos años que tienes - se dijo en tono recriminatorio él mismo - Ese era, un vehículo de carne, huesos y sangre para un alguien llamado señor de azúcar. Ridículo nombre. Le dio la risa boba, ese hombre de azúcar, ese al que le tiemblan las piernas cuando imagina la sonrisa de aquella mujer que nunca tocó, ese al que le duele la tripa cuando inventa diálogos como quien lanza palabras de algodón de azúcar que se posen sobre esos labios… otra vez la risa tonta. Ese soy yo y no merezco ser amado - pensaba - porque para ser amado, en primer lugar hay que tener corazón, y lo que el pobre señor de azúcar tenía en el pecho era un revoltijo de emociones que su cerebro dominaba completamente logrando anularlo hasta el punto de reducir sus funciones únicamente a un motor que bombea sangre con la debida regularidad, en tanto, los demás espasmos amorosos de su cuerpo, se veían vestidos con camisas de fuerza rutinarias que su cerebro uniformaba cuidadosamente - todo para no perder el control -.

Pero el señor de azúcar ya se estaba hartando de la dictadura del cerebro. Quería deshacerse de él para encontrarse dentro de los espumarajos de los sentimientos, no importa, eso era mejor que vivir fríamente, llevando un ridículo y almibarado nombre sobre las espaldas. ¿Se burlaban de él llamándolo señor de azúcar, cuando todo él, estaba hecho de roca?

Esa era otra cosa que debía ser aclarada cuanto antes. Inclinó la cabeza como para ver por qué sus pies se balanceaban y se vio en el bordillo del anden, alzó la vista y el resplandor de los focos aproximándose por la boca del túnel no alcanzaron a formar en su cerebro la imagen de un tren que impactó directamente sobre su estómago. Oh, perdonen, sí, algo alcanzó a aparecer en su cerebro: la certeza de que había sido atropellado por el tren del amor.


8 de Septiembre, 2013, 10:21: GladysGeneral


Al señor de azúcar le encanta ir a burdeles desconocidos; cada vez que llega a una ciudad - es muy viajero este caballero - va leyendo cuanta guía turística encuentra a su paso por la cotidianidad, así va dibujando su propio mapa vivencial y señala con una diminuta cruz, aquellos que su instinto le indica visitar.

Cuando por razones prácticas tiene que permanecer en alguna ciudad más tiempo de lo esperado evita intimar con los clientes, las chicas o los administradores. No, no es el instinto sexual el que lo impulsa, aunque a veces si. Es otra cosa sin nombre la que moviliza sus pies hacía esos lugares, pero no trata de llamarlo de alguna manera, porque sabe que es tarea inútil; en cuanto encuentre uno para esa inclinación, enseguida la magia desaparecerá. Es ley de vida. Qué le vamos a hacer.

Aquella tarde el señor de azúcar fue a un burdel hallado en la guía, iba hacía allí como siempre, al menos eso creía, atravesó la ciudad, caminó por aquel barrio desconocido sin temores, nunca tenía nada que perder, así que sin duda, si algún maleante lo atacaba, sería aquel quien saldría perdiendo.

Al llegar tuvo que franquear dos puertas anchas de metal, si hacía caso de su memoria inquieta, seguramente habría sabido que aquellas puertas eran iguales a las de las cajas de seguridad de esos bancos discretos de los paraísos fiscales. Claro, no le hizo caso a la memoria, cosa que por ahora no va a cambiar el rumbo de su destino. Al desembocar el pasillo apareció ante él un pequeño patio donde había varios sofás irresistiblemente acogedores, mesitas con cócteles de colores y sombrillas, plantas de enormes y lustrosas hojas. Muy parecido a un paraíso tropical y también fiscal, que caramba - pensó el señor de azúcar - al oler el aroma de aquellas flores que parecían esparcidas por la mano sabia de algún experto en pequeños placeres.

No había chicas.

El señor de azúcar se paseó por aquel paisaje persiguiendo la sombra de la madame pero ella ni caso, dio otros pasos y se tropezó con una sombra azul que desapareció casi al verlo, luego fue una sombra verde, otra amarilla, naranja, rosa… las sombras iban y venían como si fuera lo más natural del mundo, pero él no podía verles el rostro ni retener sus imágenes más que por fracciones de segundo, antes de que desaparecieran para ser reemplazadas por otras igual de fugaces. Esto no asustó al señor de azúcar, que va, él ya estaba curtido por muchas batallas, así que hizo lo que todo hombre sensato haría en su caso, se acomodó en uno de los sofás, tomó un trago y cerró los ojos.

Al hacerlo se encontró con una vieja amiga de rostro indefinible acompañada de otra mujer pequeña, de cuerpo deforme y un rostro un tanto desorganizado. Mientras la mujer hablaba, su mente pensaba en cómo dar salida a su pasión. Al invitarlas a sentarse a su lado, alzó el rostro y vio al amor de su vida, a ese amor que dejó ir hacía ya muchos años y que cada noche añoraba con una mezcla de rabia e impotencia, pues nunca pudo ni siquiera rozar esa piel, lo único que había tenido de ella era el tono de su voz. Qué idiota se decía una y otra vez. Pues bien, ahí estaba, rodeada de amigas, un actor famoso, un futbolista de renombre, estaba plenamente seguro, ese era su cuerpo, esos sus cabellos, esa su risa y aquella… su voz.

El señor de azúcar se escondió, como siempre cuando ella aparecía, y las palabras cobardes volvieron a salir de su boca como años atrás, no, no, no… y en esos puntos suspensivos solía colocar una enorme fila de pretextos para no verla, los de esa noche fueron principalmente de vergüenza. Era tonto, lo sabía, los seres humanos tenemos necesidades, pero no quería que ella lo viera colmándolas allí.

Como hacerle entender a su amor, que casi nunca se acostaba con las chicas de los burdeles, por eso se quedó con su amiga y la amiga de su amiga, pensando en que aunque no tuviera sexo esa noche, ella siempre pensaría que él frecuentaba esos lugares. No le gustó la idea y por más aspavientos que hizo para que se diera cuenta de que su estancia allí era inocente - en ese momento pensó en esa cosa sin nombre que lo llevaba siempre a los burdeles - en el fondo sabía que ella lo colocaría en el cajón de los asiduos.

Se sintió muy mal, le dolió la barriga y cuando el dolor fue tan agudo que casi pierde el sentido, abrió los ojos. La sombrilla de su cóctel estaba cerrada y una mano lo esperaba.

8 de Septiembre, 2013, 10:17: LadypapaHablando de...


Ya es hora de irse a la cama, ya las pestañas se están enredando y los párpados parecen de piedra, así que nos arrastramos como mejor podemos hasta nuestra habitación, cumplimos con nuestros rituales de limpieza hasta que finalmente abandonamos el cuerpo entre las sábanas.

Solo que un instante antes de desaparecer de la realidad, nuestro libro de cabecera nos hace una seña y nos obliga a revisar sus páginas, a buscar la marca que habíamos dejado la noche anterior y a recordar que fue lo último que leímos.

Es el instante de la magia; el borrador de rutinas actúa por reflejo, dejamos de ser nosotros mismos para ser él, o la protagonista de la historia que brota de las páginas, lloramos o reímos, nos enfurecemos o por el contrario nos enorgullecemos, cualquiera que sea el sentimiento o la emoción que despierte nuestra inteligencia, es bienvenida, siempre, siempre nos reconforta, nos enseña nos ejemplifica o nos distrae.

Por eso precisamente sólo debemos irnos a la cama con aquel libro que nos gusta o nos interesa a nosotros, ese que elegimos como si una mano invisible nos guiara en el momento de comprarlo o bajarlo del ebook, ese es el libro perfecto, no nos dejemos engañar por palabrería ramplona o publicidad ladina, pero ¿cómo estar seguros completamente de que fue así y no obedeciendo a actos conductivos?

Ahí radica el reto humano por excelencia, se llama libre albedrío y muchos lo utilizan para justificar paparruchas seudointelectuales; no hay que llamarse a engaño, afortunadamente, mucha gente elige por sí misma, claro, a veces se equivocará y lamentará haberse gastado su dinero en vano, pero la mayoría de las veces acierta y lo disfruta; sin embargo, qué viento traicionero impulsa la mano del individuo cuando se trata de lo social, o lo común, qué monstruos poderosos se apoderan de su libre albedrío para llevarlo por senderos torcidos donde todos, absolutamente todos perdemos.

Si el ser humano es social por genética, habría que deducir que también es su propio enemigo, que desperdicia su tiempo vital con alharacas inofensivas, con actitudes indolentes o egoístas hasta el delito y sin embargo, ese individuo antes de entregarse al sueño, posiblemente lea las obras que han inmortalizado sus congéneres. Paradoja insólita pero por ello mismo, esencia de nuestro ser vital, eso es lo que hace maravillosa a la humanidad en su imperfección, por ello mismo, también, cada noche, deberíamos pensar muy bien con cual nos vamos a la cama.

Usted elige.