No recuerda si fue la mañana siguiente a la visita del burdel, la memoria es muy puñetera, podría ser, pero también, vaya usted a saber si no fue hace mil años, cuando en el mundo todo era nuevo. Aquí vamos a ignorar el tiempo porque lo importante son los sentimientos, a fin de cuentas el amor siempre ha sido un juego perdido en la historia de la humanidad.

Vuelvo al primer punto, era muy temprano, el aire aún estaba limpio y el señor de azúcar caminaba por la ciudad como si no fuera él. Pero no se engañaba, por supuesto que era él, se lo gritaban los ventanales de las tiendas con sus voces cristalinas, o las imágenes de su cuerpo enfundado en sus ropas viejas, o esos ojos que lo contemplaban sin compasión desde los espejos.

¿Así que ese soy yo? se preguntaba. Qué extraño. ¿Cuánto tiempo lleva ese cuerpo ahí? Los mismos años que tienes - se dijo en tono recriminatorio él mismo - Ese era, un vehículo de carne, huesos y sangre para un alguien llamado señor de azúcar. Ridículo nombre. Le dio la risa boba, ese hombre de azúcar, ese al que le tiemblan las piernas cuando imagina la sonrisa de aquella mujer que nunca tocó, ese al que le duele la tripa cuando inventa diálogos como quien lanza palabras de algodón de azúcar que se posen sobre esos labios… otra vez la risa tonta. Ese soy yo y no merezco ser amado - pensaba - porque para ser amado, en primer lugar hay que tener corazón, y lo que el pobre señor de azúcar tenía en el pecho era un revoltijo de emociones que su cerebro dominaba completamente logrando anularlo hasta el punto de reducir sus funciones únicamente a un motor que bombea sangre con la debida regularidad, en tanto, los demás espasmos amorosos de su cuerpo, se veían vestidos con camisas de fuerza rutinarias que su cerebro uniformaba cuidadosamente - todo para no perder el control -.

Pero el señor de azúcar ya se estaba hartando de la dictadura del cerebro. Quería deshacerse de él para encontrarse dentro de los espumarajos de los sentimientos, no importa, eso era mejor que vivir fríamente, llevando un ridículo y almibarado nombre sobre las espaldas. ¿Se burlaban de él llamándolo señor de azúcar, cuando todo él, estaba hecho de roca?

Esa era otra cosa que debía ser aclarada cuanto antes. Inclinó la cabeza como para ver por qué sus pies se balanceaban y se vio en el bordillo del anden, alzó la vista y el resplandor de los focos aproximándose por la boca del túnel no alcanzaron a formar en su cerebro la imagen de un tren que impactó directamente sobre su estómago. Oh, perdonen, sí, algo alcanzó a aparecer en su cerebro: la certeza de que había sido atropellado por el tren del amor.