Al señor de azúcar le encanta ir a burdeles desconocidos; cada vez que llega a una ciudad - es muy viajero este caballero - va leyendo cuanta guía turística encuentra a su paso por la cotidianidad, así va dibujando su propio mapa vivencial y señala con una diminuta cruz, aquellos que su instinto le indica visitar.

Cuando por razones prácticas tiene que permanecer en alguna ciudad más tiempo de lo esperado evita intimar con los clientes, las chicas o los administradores. No, no es el instinto sexual el que lo impulsa, aunque a veces si. Es otra cosa sin nombre la que moviliza sus pies hacía esos lugares, pero no trata de llamarlo de alguna manera, porque sabe que es tarea inútil; en cuanto encuentre uno para esa inclinación, enseguida la magia desaparecerá. Es ley de vida. Qué le vamos a hacer.

Aquella tarde el señor de azúcar fue a un burdel hallado en la guía, iba hacía allí como siempre, al menos eso creía, atravesó la ciudad, caminó por aquel barrio desconocido sin temores, nunca tenía nada que perder, así que sin duda, si algún maleante lo atacaba, sería aquel quien saldría perdiendo.

Al llegar tuvo que franquear dos puertas anchas de metal, si hacía caso de su memoria inquieta, seguramente habría sabido que aquellas puertas eran iguales a las de las cajas de seguridad de esos bancos discretos de los paraísos fiscales. Claro, no le hizo caso a la memoria, cosa que por ahora no va a cambiar el rumbo de su destino. Al desembocar el pasillo apareció ante él un pequeño patio donde había varios sofás irresistiblemente acogedores, mesitas con cócteles de colores y sombrillas, plantas de enormes y lustrosas hojas. Muy parecido a un paraíso tropical y también fiscal, que caramba - pensó el señor de azúcar - al oler el aroma de aquellas flores que parecían esparcidas por la mano sabia de algún experto en pequeños placeres.

No había chicas.

El señor de azúcar se paseó por aquel paisaje persiguiendo la sombra de la madame pero ella ni caso, dio otros pasos y se tropezó con una sombra azul que desapareció casi al verlo, luego fue una sombra verde, otra amarilla, naranja, rosa… las sombras iban y venían como si fuera lo más natural del mundo, pero él no podía verles el rostro ni retener sus imágenes más que por fracciones de segundo, antes de que desaparecieran para ser reemplazadas por otras igual de fugaces. Esto no asustó al señor de azúcar, que va, él ya estaba curtido por muchas batallas, así que hizo lo que todo hombre sensato haría en su caso, se acomodó en uno de los sofás, tomó un trago y cerró los ojos.

Al hacerlo se encontró con una vieja amiga de rostro indefinible acompañada de otra mujer pequeña, de cuerpo deforme y un rostro un tanto desorganizado. Mientras la mujer hablaba, su mente pensaba en cómo dar salida a su pasión. Al invitarlas a sentarse a su lado, alzó el rostro y vio al amor de su vida, a ese amor que dejó ir hacía ya muchos años y que cada noche añoraba con una mezcla de rabia e impotencia, pues nunca pudo ni siquiera rozar esa piel, lo único que había tenido de ella era el tono de su voz. Qué idiota se decía una y otra vez. Pues bien, ahí estaba, rodeada de amigas, un actor famoso, un futbolista de renombre, estaba plenamente seguro, ese era su cuerpo, esos sus cabellos, esa su risa y aquella… su voz.

El señor de azúcar se escondió, como siempre cuando ella aparecía, y las palabras cobardes volvieron a salir de su boca como años atrás, no, no, no… y en esos puntos suspensivos solía colocar una enorme fila de pretextos para no verla, los de esa noche fueron principalmente de vergüenza. Era tonto, lo sabía, los seres humanos tenemos necesidades, pero no quería que ella lo viera colmándolas allí.

Como hacerle entender a su amor, que casi nunca se acostaba con las chicas de los burdeles, por eso se quedó con su amiga y la amiga de su amiga, pensando en que aunque no tuviera sexo esa noche, ella siempre pensaría que él frecuentaba esos lugares. No le gustó la idea y por más aspavientos que hizo para que se diera cuenta de que su estancia allí era inocente - en ese momento pensó en esa cosa sin nombre que lo llevaba siempre a los burdeles - en el fondo sabía que ella lo colocaría en el cajón de los asiduos.

Se sintió muy mal, le dolió la barriga y cuando el dolor fue tan agudo que casi pierde el sentido, abrió los ojos. La sombrilla de su cóctel estaba cerrada y una mano lo esperaba.