Cómo decorar el techo

Sí, tal y como se lo imaginaron, el pobre señor de azúcar se encuentra en el hospital con ambas piernas colgadas de un arnés y un brazo escayolado hasta el codo mirando al techo, porque es la única posición posible que su cuerpo puede adoptar, dadas las circunstancias.

Después del accidente con el tren, su cerebro se fue a un lugar remoto del cual no quiere hablar ni mostrar indicio alguno para que su maltrecho cuerpo nunca tenga el consuelo de saber a donde va cuando él no está.

El señor de azúcar no insiste, está cansado, no quiere hacer caso de las veleidades e intrigas de esa masa congestionada que se refugia en su cráneo, así que lo ignora, en estos momentos también ignora a sus piernas y a su brazo, los contempla desde cierta distancia - lo cual es muy cómodo - le permite observar sin involucrarse y puede ver a sus extremidades como algo muy diferente a la natural aceptación de saber que son apéndices de su cuerpo, que le permiten además trasladarse de un lugar a otro o compartir acciones cotidianas como cepillarse los dientes o peinarse.

Así que lo que se conoce como un ser humano completo no es más que un conjunto de piezas unidas de forma adecuada para cumplir funciones motoras, de un lado y sensoriales de otro, que actúan de manera taimada dando la sensación de ser un todo, cuando en realidad no son más que galaxias girando alrededor de un espejismo llamado hombre. El señor de azúcar se sonríe al notar los giros de sus pensamientos mientras deja que la mosca desaparezca de su campo de visión - en otras circunstancias su atención la hubiera perseguido, su curiosidad lo hubiera impulsado a seguir las huellas de sus patas a ver a dónde lo conducirían, o quizás le hubiesen inspirado algún estado de ánimo un poco más productivo, pero ahora no, ahora se hallaba convertido en un paréntesis de su propia vida.

Un paréntesis provocado por el amor que lo había atropellado de tan absurda manera y que lo había dejado en tan lamentables condiciones mirando al techo sin ver nada más que interrogantes y signos de admiración, además de estúpidas caritas con los ojos cerrados. Interrogantes porque no encontraba respuestas al desamor, admiración, porque nunca pensó que fuera capaz de construir tantos mundos de fantasía sin cimientos y las ridículas caritas, porque representaban lo cursi de su situación.

Así que eso había sido todo, en ese estado de alelamiento había vivido casi dos años - joder, mucho tiempo para alucinar - pero por más que lo intentara, por más que se avergonzara de su perdida de inteligencia, eso estaba ahí, aunque nadie lo supiera, y menos aún la mujer que lo había inspirado, eso se había convertido en su tatuaje particular y no existía en el mundo láser capaz de borrarlo; podría si, ocultarlo mediante algunos trucos, camuflarlo con otras marcas, taparlo con maquillaje, pero seguiría ahí, se decía mientras miraba los miembros de su cuerpo maltrechos pies y brazo que por ahora no lo llevarían a ninguna parte… bueno, total, tampoco quería ir a ningún lado, solo le agradecía al accidente, el tiempo que le había regalado para reflexionar como si no fuera él mismo. ¿Será eso lo que llaman tomar distancia? Si era así, lo único que lamentaba era que fuese tan dolorosa.