La vida, como si el tiempo fuera lo menos importante, transcurría sin mayores interrogantes. La luz del día la empleaba para hablar solo y cuando ésta empezaba a languidecer, él ya sabía que debía apagarse y mantenerse en silencio.

Su cuerpo y su memoria no conocían el significado de la palabra placer y él mismo - se decía - que seguramente había sido una artimaña de los de esa otra sección, que se empeñaron en sembrar en su cerebro unas plantas llamadas ilusiones, esperanzas, amor, comprensión; ahora, que se le vinieron a la memoria, imaginaba que si existían, lo harían en una región muy remota, como el país de las hadas o algo así. No en esta vida real que lo oxidaba día tras día.

Hoy reconocía que le habían mentido, pero lo malo de todo esto es que no tenía a quien culpar, eso hubiese aliviado un poco su espíritu, aunque esa volvía a ser otra frase rara sin sentido alguno. Al final, lo habían preparado para un mundo determinado y alguien equivocó el camino y lo abandonó por estas tierras que nadie entiende.

Su infancia la pasó en un mundo oscuro, sin apenas sonidos ni palabras, ni contacto humano y así hubiera seguido hasta el fin de sus días, si no hubiera sido por esa desconocida que se coló por la puerta del jardín para explorar la vivienda, hasta que sus pies se toparon con su cesta de mimbre, lo que sucedió después ya es obvio.

Entre ciertos períodos de aprendizaje formal y otros de instrucción oficial por parte de la chica, hasta el último abandono, se pasaron los años, se escaparon minutos y segundos que ya no se recuperarán jamás; por eso se siente como un recién "producido" metido en el cuerpo de un muñeco que ya nadie se preocupa de limpiar el polvo. Ni siquiera la dependienta, que todos los días llega oliendo a flores con pedacitos de sol emanando de sus brazos.

Ella, cuando recién llegó a la tienda, si que lo miraba todos los días y limpiaba el polvo enredado entre sus pestañas metálicas, pero luego llegaron otros que sabían reír, decir palabras, llorar e incluso cagar y a ella le cambiaba el rostro cuando el empleado de correos aparecía con otro pedido, su corazón enloquecía, daba pequeños saltitos y palmoteaba como una histérica… bueno, al principio él se emocionaba, luego empezó a parecerle ridícula - que le vamos a hacer, la rutina lima las máscaras.

Pero todo pasa, a ella parece que ha perdido el interés, se ha vuelto sería, callada, su cabello ya no brilla y aunque todavía huele a flores, ya no tiene pedacitos de sol en sus brazos.

Ay amiga mía, si pudiera hablarte yo podría ser un gran consuelo para ti, y tu serías ese algo tibio que quizás alguna vez existió, pero la gran risa burlona del universo se curva una vez más viendo en lo que nos hemos convertido, yo en esta chatarra vieja en el último estante de la derecha y tu en esa pesada mujer que apenas tiene aliento de alzar el brazo con el plumero para revolotear frente a mi cara las partículas del polvo que llaman vida.