No quiero estar aquí, escribió con letra firme, no me gusta esta ciudad, este cielo, este clima, no me gusta la gente, ni los animales. No sé a quien se le ocurrió traerme sin mi permiso y ahora nadie responde por tal equivocación.

Mi psicólogo me dice que tengo que empezar por aceptarme a mí mismo, que le hable de mi infancia, que me desahogue.

Y yo pienso, ¿para qué? No me gusta hablar de mi, odio tener que poner en palabras ideas que ni siquiera sé si son cosas, emociones, verdades o fantasías. Lo único que tengo claro es que estoy en el lugar, en el instante y en el cuerpo equivocado. Tengo mi lista de reclamaciones pero todos los días me mandan de un sitio para otro, rellenando papeles, poniendo sellos, recogiendo firmas, sacando fotocopias que se van apilando en mi cartera… la gente que me ve por la calle pensará: ¿dónde va esa cartera a reventar con ese pobre hombre?

Y ahí sigo desde que amanece hasta que anochece, recogiendo rostros de desconocidos para tratar de descubrir el mío, recogiendo emociones para poder identificar lo que me arde en la barriga. Así día tras día la misma historia y como es tal la acumulación de papeles que me piden en todas partes, he construido un mundo de papel, he mutado mi cuerpo por cartón y mi razón quedó impresa en papel periódico. Solo me dejo llevar por el viento y voy dando tumbos entre esquina y esquina. Si le sirve de algo, por favor huya de los fumadores. Las colillas son muy malas con los hombres de papel.