A veces dedica días enteros a su inspección, reserva sus energías, se arregla como si fuera a una cita con el amor, se perfuma y sale luciendo feliz ese brillo cálido en sus ojos.

Antes de entrar respira profundo, se detiene con el pretexto de quitarse un guante o mirar el móvil o un aviso, solo para darse tiempo, para detener un poco más el encuentro.

Al final, cuando se le acaban los pretextos, empuja la puerta de cristal, recorre lentamente los pasillos mirando a lado y lado, buscando el lugar más apartado, más solitario, más silencioso; cuando lo logra, cuando encuentra su sitio, saca lentamente sus pequeños tesoros envueltos en paños de colores, se inclina como si le doliera un tobillo, deja los paños sobre el piso, asegurándose que no puedan ser vistos por los demás, se dedica entonces a ojear una revista y espera un poco.

Al cabo de cierto tiempo, abandona el lugar recogiendo los paños de allí, como si no hubiera pasado nada. Camina de vuelta a su casa. No se acuesta hasta que no revisa los planos de la ciudad y traza su plan para mañana.


Un poco antes de que cerraran la biblioteca, un niño se desprende de la mano de su madre, sale corriendo en busca de un objeto que brilla junto a las patas de una silla. Lo toma, se devuelve triunfante enseñándoselo a su madre. Mira mamá, es una L, me encontré una L. ¿Qué bonita no?