Así es. El señor de azúcar empezó a preocuparse cuando se dio cuenta de que le hablaba a la fotografía de una desconocida en la pantalla de su ordenador. Por un momento, la razón se salió de su cuerpo y le dijo que se pusiera a trabajar, que hiciera algo práctico porque se estaba deschavetando - nada como algo manual para espantar los monstruos de la soledad - . Y tuvo miedo, por eso obedeció, le tenía terror a su propia imagen de loco vagando por las calles.

Buscó un trabajo, recoger partículas de metal en un campo de batalla abandonado no suena muy alentador, pero eso le bastaba al señor de azúcar para entretener sus horas muertas y abandonar sus monstruos.

Todos los días cumplía a rajatabla su rutina, se levantaba, hacía unos cuantos estiramientos, escuchaba las noticias de la BBC, desayunaba, revisaba los correos, luego vestía con orgullo su uniforme; tomaba sus herramientas y empezaba a limpiar el extenso campo que se abría ante ellos, su regimiento constaba de doce personas que se dividían los metros del terreno como un ejercito de avanzada en medio de una batalla.

El señor de azúcar estaba satisfecho, casi se sentía libre de la imagen del ordenador, cumplía muy bien su labor e incluso, en algunos momentos se sentía hasta feliz recogiendo sus trozos de metal, conversando con sus colegas sin que el paisaje de su pasado ensombreciera su presente. Un día calcado de los anteriores empezó su labor y en su hoja de ruta descubrió que le habían añadido unos cuantos metros más de terreno en dirección sur, reflexionó un poco, organizó su labor de manera que a la hora del atardecer estaría ya en la zona desconocida, con el tiempo debidamente calculado para volver a su trinchera antes del anochecer.

A eso de las tres de la tarde ya los pies del señor de azúcar pisaban terrenos del sur, aunque no hubiesen letreros luminosos anunciándolos, el sur no los necesita - había algo en el aire que respiraba presencia sur, pero él inclinaba la cabeza en busca de sus metales de guerra y nada más. Había caminado unos treinta minutos, su bolsa de chatarra estaba aún en un tercio de su capacidad, cuando su varita sensora se quedó en silencio. él la movía en todas direcciones, pero la barra de metal estaba muda; esto lo intrigó, se fijo en los alrededores, se agachó, escarbó la tierra con su propias manos pero no encontraba nada, avanzó en cuclillas unos cuantos metros palpando la tierra, deshaciendo terrones de arenisca hasta que se tropezó con una especie de muro derruido formando un círculo. Se detuvo, se limpió los ojos para cerciorarse de que no veía visiones. Allí en medio de ese terreno árido se encontró con una orquídea violeta. ¿Cómo había podido florecer aquello en medio de la nada? se preguntó perplejo, concluyendo que si sus pies lo habían llevado hasta allí, su misión era proteger esa flor de la intemperie y con un valor nuevo estallándole en el pecho, la arrancó de su tallo, la contempló un rato extasiándose en su belleza, recorriendo con la yema de sus dedos las curvas de sus pétalos, acariciando su superficie palpitante, besándola cuidadosamente, como temiendo hacerle daño.

Pero las urgencias son lo que son; se dio cuenta de que debía de volver a su barraca, con su grupo y a sus labores de siempre, así que guardó la orquídea en el bolsillo de su camisa, emprendiendo el camino de regreso. Cuando lo hacía notó que sus compañeros se le acercaban corriendo preguntándole a gritos por qué había estado en el sur, si había recibido órdenes o lo había decidido por propia voluntad, lo que suponía un caso grave de desobediencia, otros le acosaban queriendo saber cómo era el sur, si esas tierras se parecían a éstas o no, si allá también había restos de metales. Todas estas preguntas alteraron el ánimo del pobre señor de azúcar que terminó por salir corriendo a refugiarse en su camastro mientras apretaba a la orquídea por temor a que se la quitaran, era tal su terror que imaginaba que los hombres entraban en su celda gritando, sonsacándole palabras y retazos de paisajes del sur dejándolo vacío y tuvo miedo, sus músculos temblaban, apretó los dientes hasta hacerlos crujir desesperados, las rodillas parecía de goma y un calambre en la pantorrilla izquierda le obligó a lanzar un ronco gemido.

Afuera las sombras de sus compañeros llegaban amenazantes hasta su ventanuco, los susurros se hacían más broncos, el viento parecía ulular de manera extraña esa noche colándose por las rendijas del barracón como alimañas al acecho, cada vez más cerca, más cerca, más cerca echándole su fétido aliento a la cara hasta que perdió el sentido.

Los rayos del sol golpearon suavemente sobre la piel de su rostro, el señor de azúcar apenas guardaba una vaga imagen de lo sucedido la noche anterior hasta que el recuerdo de su orquídea lo espabiló completamente y la buscó entre sus ropas, sacudió la camisa y la chaqueta, notando con pánico como saltaban por el aire trozos de pétalos de color violeta que se hacían añicos, como el corazón del señor de azúcar, contra el piso.