Los últimos días de su estancia en el hospital no fueron más que una sucesión de detalles programados por otros para que sus miembros volvieran a tomar el tono y a recobrar sus impulsos naturales. A esa transformación asistía con los ojos medio cerrados el señor de azúcar, como si no creyese mucho lo que le estaba sucediendo a su cuerpo, sin embargo, cuando sus miembros se vieron libres de escayolas y vendajes se sorprendió al ver que una parte de su cuerpo se había adelantado al tiempo con las considerables desventajas: un músculo fofo, una piel demasiado blanca, llena de finas arrugas formando laberintos que él nunca caminó.

Así que esto es la vejez - cosa rara tener esta certeza siendo aún tan joven - pero ahí estaba, una parte de su cuerpo tenía por lo menos treinta años más, de lo que su otra parte había vivido.

Ante eso no había nada que hacer - ah si, una rehabilitación que le devolvería el tono en un plazo considerable - y a ello se empeñó, sin embargo, ese cuero colgando de su antebrazo fue el que le dio qué pensar: ¿Cómo detener el tiempo hasta volver a recuperar el músculo? No lo sabía y en la espera a una posible respuesta, se encontró observando la cara de una mujer que le sonreía cada vez que encendía el ordenador para poner al día sus correos - entre otras cosas cada vez más escasos - No vayan a pensar que el señor de azúcar estaba perdiendo la razón, no, pero el rostro de esa chica tenia algo especial, le sonreía a él, lo miraba a él, pero él no le hacía caso porque sabía que todas esas fotografías no eran más que imágenes de unas personas solitarias en busca de pareja, o de alguien con quien entablar al menos una charla que los saque de esas horas vacías. Por eso nunca recurrió a las páginas de internet en busca de chicas.

El señor de azúcar abría todos los días sus correos, leía algunos, contestaba otros y a veces no se acordaba de la foto de la chica, pero una vocecita en su interior le decía hoy no está, o mírala ahí otra vez, no te das cuenta que es la misma chica que te ha tenido alelado desde hace más de dos años, la misma del tren, la misma que…

No puede ser, decía su cerebro, pero inmediatamente su corazón le sacaba un cartel como una valla publicitaria, mírala tiene la misma sonrisa, el mismo brillo en los ojos, seguro que en estos momentos está pensando en ti. Y el señor de azúcar empezaba a derretirse otra vez de amor, a pesar de los esfuerzos de su cerebro llamando a la cordura.

A veces pasaba semanas sin abrir el correo, o incluso hubo días en que al abrirlo no pensaba en ella, ya no se sorprendía suspirando, ni con los ojos húmedos al recordarla, ni con la cabeza llena de interrogantes, ahora su cuerpo añoraba la carne, lo concreto, lo palpable, un olor, una piel que acariciar y por eso intentaba no pensar con la esperanza de que tal vez un día hubiese un cuerpo entre sus piernas.

Pero una cosa es lo que pensaba el señor de azúcar y otra lo que sucedió en cuanto, una tarde de domingo, abrió su correo y la vio ahí, sonriéndole como la primera vez, así que posó su dedo sobre esa piel y bajo la presión de su calor en la pantalla una voz muy dulce le empezó a susurrar frases que no entendía, pero que su corazón tradujo en forma de pasión, encendiendo su cuerpo, revitalizándolo y borrando con un solo movimiento los treinta años que le sobraban a sus músculos.