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         Fue un soplo en la nuca, después un aire gélido recorriendo la espina dorsal, más tarde, ya adormilada, los párpados se le cerraron y las lágrimas se fugaron a través de los oídos refugiándose en las tuberías de la casa desde donde la atormentan todas las madrugadas.

            Enloquecida de terror empezó a romper cañerías hasta que las manos le sangraron, a cada golpe los sollozos se hacían más sonoros. Algunos vecinos alertaron a la policía y se la encontraron agazapada en una esquina, mientras la sangre se extendía por el suelo, empapando de rojo las lágrimas reprimidas toda su vida.