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No, no se crean ustedes que a nuestro señor de azúcar se le ocurrió sacar una butaca al portal de su casa y sentarse a esperar. No, que va, él no es de esos, aunque esa palabra nos traiga a la memoria a alguien pasivo - paralizado - con las manos extendidas y actitud atenta al menor movimiento. Él decidió hacerlo caminando sin fin y sin rumbo fijo; su naturaleza le pedía moverse mientras esperaba a que sucediese lo que tenía que suceder, nada más y nada menos que la protagonista de su amor, un día apareciera y le dijera que no podía vivir sin él - no se crean que el pobre señor de azúcar se ha deschavetado, él sabe que eso no sucederá jamás, es más la mujer ni siquiera sabe que él existe, y sin embargo nuestro caballero decidió esperar y en ese entre acto se vio en medio de una multitud de turistas en una ancha plaza con las manos sosteniendo cámaras, tabletas y móviles en alto rodeándolo expectantes e instándolo a que empezara su número.

Muy tranquilo, los miró, levantó la barbilla fijó su mirada en un punto muy lejano sobre sus cabezas, congelando unos segundos el instante, a tono con la gélida temperatura de la ciudad, lanzando su mirada aguda a ese punto donde seguramente - eso pensaba al menos - el cuerpo de su amada sentiría su calor y su necesidad de ella. La música surgió del piso calentando baldosas y luego fue ascendiendo por los tobillos del público hasta sobrepasarlos y teñir el cielo de rosa y dorado…

Esperaré…

La voz de la cantante rompe el silencio y eleva los pies del señor de azúcar, los empuja suavemente de baldosa en baldosa, lo atrae en círculos, lo toma de la mano e impulsa su cuerpo haciendo que música y hombre se amalgamen en un sueño sensual que solo tiene ojos para mirar hacía ese punto infinito confundido entre la multitud, como un destello perdido en la luminosidad de una galaxia.

Esperaré…

Y su cuerpo retrocede, avanza, coquetea con el público, captura sus olores y sus ilusiones, los extrae de sus cuerpos y los va colocando sobre la palma de su mano, luego los lleva a sus labios y los lanza al viento en dirección a ese puntito en el infinito donde se haya su amor, cierra los ojos imaginando que su beso le llega tibio y nuevo a través de la distancia.

La música se está apagando, sus movimientos se hacen más lentos, la voz de la cantante habla por él, promete que va a esperar hasta "que sus labios me quieran besar" y el público aplaude acallando la voz.

El sombrero del señor de azúcar recibe indiferente las monedas, mientras el cuerpo languidece en su hambre y los pies descalzos se estremecen sobre los adoquines.