Si señor, por eso usted me encontró saltando de riel en riel en la vía del tren, no lo puedo evitar, una parte es la verdad y otra la mentira… o fantasía como yo prefiero llamarla… ya sé, eso a usted no le importa, a usted le pagan por mantener el orden a lo largo de las vías del tren, pero si le interesa, por pasar el tiempo, mientras llegan los de la camioneta le diré que cuando era niña me gustaba saltar de baldosa en baldosa sin pisar línea; las tardes se deshacían tranquilas en nubes violetas y saltitos apresurados.

Unos años después empecé a jugar con una pelota de letras solo para dejar mensajes en las paredes hasta que llego la adolescencia y con ella el aislamiento, así que a falta de a quien amar, me inventaba príncipes, guapos, inteligentes, divertidos y sobre todo que me amaran.

Con ellos llenaba mis días y nunca supe en qué momento las fantasías empezaron a salirme por la boca, se asentaron en medio mis amigas, se vistieron con colores de moda, escucharon música, bailaron, lloraron como si tuvieran vida propia.

Al principio no resultaba muy complicado hacer desaparecer las fantasías cuando era necesario, o cuando me aburría, o cuando la realidad me requería inapelablemente. Mis dos mundos se llevaban perfectamente bien hasta que un día, detrás de la puerta escuché como mis amigas se burlaban de mi y de mis mentiras. Me dio rabia al principio, lo mío no eran mentiras, eran fantasías y me alejé de ellas definitivamente.

Los años, las personas que llegaron, las que brotaron de mi, fueron agotando mi capacidad de fantasía, ahora, cuando recuerdo a mis amigas, pienso que fui una tonta al abandonarlas y enfadarme con ellas. Ellas tenían razón, era una mentirosa compulsiva, y ni siquiera la belleza de la fantasía tenía la magia de borrar lo horrible de la mentira.

Lamento el haberlas perdido, pero ya es demasiado tarde para intentar recuperarlas, cada una de ellas habrá escrito su historia y quizás yo misma ya no seré ni siquiera una nube lejana en las vidas de mis primeras amigas; por eso, me decía, debo conservar las de ahora, las de mi instante, debo ser sincera, debo hablar solo de lo real que me rodea, como este vaso, esta silla, este vestido.

Pero los encuentros con mis amigas acababan siempre con frías despedidas, cada vez lo hacía con más frecuencia, cada vez me inventaba tantas cosas que a veces dudaba entre cual era mi realidad: si la de esa mujer que vive sola encerrada en cuatro paredes, o esa otra que no puede aceptar tantas invitaciones, que vive rodeada de pretendientes y lleva una agitada agenda social, que cada noche muere de amor y al día siguiente el desayuno le trae el aroma de una espalda en su nuevo día.

Ya, no me ponga esa cara señor guardia, no pretendo disculparme, sé que puse en peligro mi vida y quizás la de otras personas, lo reconozco - le dijo mirándolo a los ojos intensamente - y como él le sostuvo la mirada se atrevió a preguntarle: ¿Dónde está la mujer real? Allí o ahí?

Le dio la espalda mirando los rieles, ¿dónde está? susurró mientras la conducían suavemente hasta el coche de la policía.