Hay libros que llegan a nosotros pisando suave sobre la alfombra, rozándonos con el aire de su respiración y muchas veces no nos damos cuenta de que existen hasta que de alguna manera se rompe el silencio; los abrimos, vamos recorriendo sus páginas mientras nuestro cerebro escoge imágenes que guarda en algún recoveco sin fechas de ingreso ni caducidad.

Muchos años después, esquivando las piedras del camino, llorando por callejones o riendo abrazados a la vida, la situación es lo de menos, hacemos un gesto y las imágenes guardadas en aquel recoveco del cerebro se nos aparecen para regalarnos de nuevo emociones que teníamos olvidadas.

Es lo que nos evoca, la madalena mojada en el café del tiempo perdido de Proust, el número de la página desapareció de nuestras mentes, el título del capítulo… probablemente también, o lo confundimos entre los pliegues de la memoria, pero la humedad de la madalena yendo de la taza de café hasta los labios encierra todo un universo de emociones.

En ese instante cabe la historia de una vida, los hechos de un siglo, las costumbres de una sociedad, las maneras de ser y hablar de los personajes dibujados con letras mojadas en eterna realidad; en ese libro social continúan viviendo seres humanos que no necesitan cirugías plásticas, ni what'sApps para mantenerse al día, personajes e historias que tienen la capacidad de atraer y adherirse a las historias que sus lectores llevan en las espaldas, porque no es solamente la madalena de Proust, es nuestra propia madalena, es nuestro propio sabor al deshacerse en el paladar, es el café con leche de nuestra propia vida, nuestros amores, odios, rutinas y ensueños.

Libros que se adhieren a nuestra historia más íntima, que continúan viviendo mientras nosotros desaparecemos, que sobrepasan generaciones enteras, que logran sacudirse el polvo y renovar el gusto por una madalena, que de otra manera estaría fosilizada en una urna de cristal.

Libros que no necesitan fecha para ser recordados, aunque por estos días se hayan celebrado los 100 años de su publicación, que diarios y revistas se han encargado de reseñar llenando sus páginas de notas, de ensayos, de celebraciones y de criticas también, porque es verdad, existe mucha gente a la que no le gusta el sabor de las madalenas mojadas en café con leche, no leerán jamás el libro, pero no pueden quedarse indiferentes. Quizás, para mayor ironía, el propio autor al escribir los renglones de la madalena estaría pensando más bien en el dolor de los celos o en esos ojos que ya no miran… y sin embargo, sus lectores hemos adoptado el sabor de esa masa de harina y lo hemos asociado a nuestras vidas, y con ese sabor seguiremos releyendo una y otra vez, mientras buscamos el camino perdido.