En la esquina izquierda de la iglesia, entre las dos últimas columnas, sí, dónde está la anunciación, nació el rumor - quizá tuvo que ver aquel cuadro, el de la anunciación, vaya usted a saber, perdóneme por ser tan escéptica, es lo que tiene haber nacido en la capital, así que en estas cosas, prefiero limitarme a lo que escucho, sin exponer mi cerebro a juicio, como le pasó a la pobre.

      Ella era muy guapa, parecía feliz con su marido y los hijos, incluso hasta nietos - ya sabe - por aquí se suelen quedar embarazadas muy jóvenes. Eso lo dice mi cerebro - el muy entrometido - Lo importante es que ella después de que los hijos se fueron de casa, no quiso quedarse a cuidar de los nietos, o bueno, los cuidaba en la mañana, pero los días son largos y fríos, así que empezó a colaborar en la iglesia. Ayudaba en la misa de las cinco y de las siete, luego se quedaba limpiar y a brillar los ornamentos de la iglesia. Unos meses más tarde se sumó al voluntariado, dedicaba unas horas del fin de semana a la preparación de los niños para la primera comunión, luego las ceremonias de mayo, después las del Corpus… por aquí aún tenemos fiestas sagradas todo el año. 

      Al principio su marido se sentía feliz de que ella saliera, de que hiciera cosas en vez de quedarse encerrada en casa, incluso esperaba feliz la jubilación para dedicarse por entero a compartir el tiempo de vida que les quedaba con su esposa, los hijos y los nietos. Todo parecía normal, los días se sucedían con calma en el barrio, la gente se entregaba a sus quehaceres y se preocupaba por los chismes callejeros y las telenovelas, como siempre; pero los chismes callejeros suelen ser armas de doble filo.

     Una tarde, ella estaba esperando que llegara el cura a abrir la puerta de la iglesia, se encontró con una amiga del colegio y por matar el tiempo se fueron a la cafetería de la esquina a contarse sus cosas mientras se comían la empanada - las hacen muy buenas allí, ¿las ha probado?  Bueno, después de decirse lo bien que se veían para los años que tenían y de compartir trucos para ocultar las canas y las arrugas, ella se sintió confiada y se fue sacando las hilachas de su vida para ponerlas en la mesa delante de su amiga - con tan mala suerte que las vecinas la escucharon -. Al principio - eso dicen - nadie entendía muy bien de que estaban hablando, ella hablaba de un cuerpo en llamas, de un dolor de tripa, de sudores en las manos, de un olor presente todos los minutos del día.

       Luego habló de miradas furtivas, de roces de manos, de coincidencias mágicas, de destinos que en algún momento, en el comienzo de sus vidas, se truncaron y que ahora reclamaban el derecho a la existencia. ¿Sigue sin entender verdad? Pues a las brujas pedazo de cuero viejo que la escuchaban les pasaba lo mismo, no lograban entender de que hablaban la señora bonita y su amiga, bueno ésta última solo escuchaba con atención lo que decía ella y de vez en cuando lanzaba un ay, o un cómo así, para luego quedarse en silencio concentrada en la narración de su amiga. A los pocos días se volvieron a encontrar en el mismo sitio y por la misma razón, el cura se había retrasado, y ella, entre mordisco y mordisco de empanada, empezó a contarle a su amiga qué su corazón se había vuelto a abrir al amor, que su carne pedía a gritos sexo sin placebos, que no podía dormir pensando en él, que la cara de él, vivía en su cerebro y su olor en su ombligo y que era maravilloso y horrible a la vez, pues era un amor prohibido, era un imposible, ambos estaban casados, ella tenía hijos y el miles de fieles.

        Lo que se escuchó en la cafetería resonó en esa esquina de la iglesia, junto al cuadro de la anunciación, y se le comentaba a todo aquel que quisiera oírlo… claro, todos querían. ¿Ahora se da cuenta por qué se armó el lío caballero? Parece cosa de pueblo perdido en medio de las montañas, pero no, aquí en la súper moderna y civilizada ciudad, en medio de edificios, oficinas, internet y cámaras vigilando nuestros pasos,  pasó lo qué paso y ahí la tiene usted, caminando como zombi, hablando despacio y sonriendo a toda hora como una imbécil, porque eso fue lo que hicieron con ella, el marido no sé si por celos o por machismo la metió en el manicomio, la llenaron de pastillas y luego, como no era peligrosa, se la devolvieron.

Bueno, eso es lo que él cree, porque ese cuerpo que se acuesta con él todas las noches y que quizá alguna vez ceda a sus deseos, no es el de ella, aunque se le parezca físicamente. Condición humana lo llaman, ¿verdad caballero?