Siempre que llegaba a un sitio provocaba una fuerte corriente eléctrica en hombres y mujeres. Ante su presencia todas las caras se volteaban, los ojos la dibujaban y las sonrisas florecían; ella lo sabe, acepta ese destino con una sonrisa en los labios y una actitud natural. Ha sido así desde que era niña. Se acostumbró a eso y no se dio cuenta de que todas esas miradas cálidas, esos rostros sonrientes y esas sonrisas espontáneas se le iban pegando a la piel como pequeñas escamas imperceptibles. Ella continuó su vida, la llenó de imágenes, de personas, de recuerdos, olores y risas hasta que un cansancio inexplicable empezó a doblar su espina dorsal. Acudió a médicos, a medicinas alternativas, yoga, budismo, meditaciones, menjurjes y cuanta cosa le recomendaban; probó de todo, y con los consejos que le daban  fue construyendo su propia bitácora, mezclaba, añadía, inventaba sus recetas particulares, de vez en cuando se ponía en la tarea de practicar consigo misma sus remedios, pero el cansancio no se iba, al contrario, cada día era más fuerte hasta que empezó a temer que un día, más pronto que después, sus huesos se romperían como el cristal, ante tamaño peso. A los médicos no les creía cuando le decían que era la edad. Sí, era consciente de sus años, pero no creía que ese fuera el problema, sin embargo nadie en el mundo parecía saber a que se debía tal cansancio.  Viajó al extranjero, convocó congresos, pidió ayuda, repetía hasta el aburrimiento sus males a todo aquel que quisiera escucharla pero parecía que lo suyo estaba condenado a convertirse en otro misterio universal. Lleno de monumentales teorías pero nada que pudiera probarse. Poco a poco empezó a perder la paciencia, un día amanecía con ímpetus para seguir en la búsqueda incluso llegaba a sentirse un poco mejor,  pero esa sensación de bienestar no duraba más que un par de días, otros se desanimaba, se rendía a la evidencia: aceptar que aquello no tenía remedio, eso quizá sería mejor para todos, incluso para ella misma.  Una tarde de esos espacios de tiempo en que no sabía que hacer, descubrió que tenía una pequeña escama en forma de sonrisa pegada en el tobillo, la arrancó sin mayor dificultad y la colocó en la palma de su mano para observarla mejor. Sí, se trataba de una sonrisa. - Que raro - pensó. Durante una hora estuvo mirando la pequeña sonrisa y especulando sobre su origen, o cómo se le había pegado a la piel, o dónde estaba ella cuando ésta se le adhirió al tobillo, o mejor, a quién pertenecía y en cuanto formuló la pregunta el rostro de un amor pasado se dibujó en su cerebro, ella colocó la sonrisa sobre los labios de la imagen y la escama desapareció. Desde hace un mes los empleados de correos andan intrigados ante una avalancha de livianas y pequeñas cartas con destinatario pero sin remitente.