El hambre nos devora. Salimos a comprar algún tentempié a la tienda de la esquina, yo me decidí por una tarta de chocolate y un té caliente en vaso de plástico… no me gusta el té en vaso de plástico, pero a veces, uno tiene que hacer concesiones. Salimos rozándonos los codos, saboreando de antemano lo que llevábamos en las manos, pero al dar la vuelta a la esquina nos encontramos de repente con un hombre y una mujer tirados en la acera en medio de un charco de sangre, el yacía de cara al cielo, mientras que la mujer estaba de costado, apoyando su rostro en la espalda del hombre. Había otra mujer arrodillada junto a ellos pidiendo auxilio a los viandantes, sacudiendo con fuerza los cuerpos para intentar devolverles la conciencia, pero nínguno respondía. La mujer tendida en el piso se mueve un poco - pienso que aún está con vida - pero parece que sus movimientos son solamente reflejos. En cambio el hombre si que yace inerte.  Yo contemplo la escena como si dos personas existieran dentro de mí, una llama por el móvil a una ambulancia haciendo malabares para no derramar su té ni dejar caer su tarta de chocolate, mientras que la otra observa cuidadosamente los cuerpos manchados de sangre y ve como algunas gotas se han quedado suspendidas en el espacio a unos centímetros de los cuerpos, como dibujadas por un artista de cómic mientras que los gritos de la mujer se elevan en burbujas blancas y escritos con mayúsculas. En la pared hay una caja negra, la mujer que grita la ve y descubre que es un desfibrilador, lo toma, lo enchufa y se dispone a aplicar las placas sobre el pecho del hombre pero su gesto es demasiado débil y no logra nada. Mi amigo deja el vaso con el café y su tarta de manzana… creo,  y se dispone a ayudar. Toma las placas con mano decidida, las aplica con fuerza una y otra vez mientras su frente empieza a chorrear un  espeso sudor. Los de la ambulancia me dicen que ya están en camino - digo al aire -. Al quinto intento el hombre susurra algo. Mi amigo le dice que mueva los dedos de la mano y el hombre lentamente lo hace, luego le vuelve a ordenar que haga lo mismo pero con los pies, y el hombre obedece. Llega la ambulancia, mis dos mitades se unen, tomo a mi amigo del brazo para volver a nuestra hambre, a nuestra tarta y a nuestro té. Me dice que no. Que él se va con ellos porque quiere ver cómo vuelve a la vida esa pareja. Yo regreso, por hacer tiempo entro a una tienda, subo unas escaleras improvisadas y me encuentro a una mujer haciendo cuentas frente a una caja registradora. Sin mirarme me dice que está cerrado. Obvio pienso yo, pero sigo hasta el fondo de la tienda donde hay un hombre contando plátanos. Me encamino a la salida, voy a bajar las escaleras pero se me cae la tarta sobre el piso lleno de granos de arroz y de pelos de gato. La mujer no se entera de nada. Sé que debo irme. Es bueno saber con certeza que ya no hay nada que esperar, así que vuelvo a casa con el vaso de té aun caliente en mi mano, me encuentro con un chico en el portón y empezamos a hablar de lo del accidente. El responde encantado y me cuenta el mismo accidente pero con otros protagonistas…¿Quién tiene mi té?