Me dijiste que cerrara los ojos, me dijiste que me diera la vuelta, que me detuviera, que respirara, que pensara.
      Entretanto, reviviste nuestra historia, le pintaste corazones de azúcar, manzanas de caramelo, herviste mi sangre con el calor de tus venas y ardí en ebullición. La vida se me escapó a borbotones mientras mantenía los ojos cerrados. Pero perdóname por no hacerte caso, lo siento, a veces la voluntad actúa sin mi consentimiento; abrí los ojos y miré allí, donde viene la luz… desde el profundo lago de tus ojos.