Esa tarde estaba especialmente cansado, aunque si repasaba los minutos del día había que reconocer que no había realizado ninguna actividad particularmente agotadora, más bien era aquel, un día de esos que pasan desabridos por nuestra vida.

         Se trataba un cansancio más bien emocional, él era muy ignorante en esas cuestiones absurdas del alma o de los sentimientos, por eso no se ponía a despeluzar las emociones, se limitaba a reconocer que estaba cansado de hacer nada y que probablemente estaba incubando un virus, últimamente todo el mundo había adoptado tal definición para aquellas cosas que suceden en sus cuerpos y que no atinan a explicar de manera satisfactoria.

           Para la salud mental, esto es lo mejor, etiquetar cosas, colocarlas ordenadamente en los estantes del cerebro para que no asusten, en eso, él era un experto, no tenía problemas con su vida, al contrario, muchas veces la encontraba satisfactoria, generalmente se sentía satisfecho con los años vividos y no esperaba que las cosas cambiaran en los por vivir.

           Así que empujo el portal de la entrada al edificio donde residía desde hace muchos años, se acercó a su buzón de correos. Había un gran paquete de sobres, cosa que le extrañó, en la mañana había recogido su correo asegurándose de que no quedara nada, con un gesto de los labios que demostraba extrañeza, recogió los sobres, los fue mirando sin ver mientras esperaba el ascensor, sus dedos pasaban de uno a otro mientras tanto la puerta se abrió, salieron tres personas, dos adolescentes, aún con uniforme a pesar de la hora, esas niñas ya deberían estar cenando con sus padres, era la costumbre, una mujer desconocida que no despertó mucho su atención en cuanto a lo físico, pero que emanaba un olor conocido, aunque no lograba asociarlo con su vida personal.

           Impulsivamente se apartó para que salieran, luego entró mirando los sobres, pulsó el botón del 4º, su piso, apoyó la espalda contra la pared mientras sus manos repasaban los sobres sin verlos.

            El ascensor se detuvo, abrió la puerta de su apartamento, encendió la luz y se quedó bajo el marco de la puerta contemplando el salón, tratando de entender que pasaba. El piso estaba ordenado con muy buen gusto, no faltaba un detalle, cortinas, sillones, mesitas, cuadros, incluso portarretratos mostrando una familia sonriente en sus recuadros, sin embargo, no era su piso, no eran sus muebles, ni sus objetos, ni sus cuadros, ni era esa su familia, de hecho, no la había tenido nunca.

           Todo en aquel piso era nuevo, incluso la ropa que había en los armarios, los jabones en el baño, la leche en su nevera era light y a él siempre le gustó entera. Aquello no era suyo, seguramente se había equivocado de piso, así que más tranquilo avanzó hasta la puerta procurando no rozar con nada para no alterar la colocación de los objetos, nadie debería saber que él había estado allí, no quería meterse en líos, su mano rozó el picaporte pero antes de salir echó un último vistazo y sintió que no se había equivocado, los objetos cambian, las personas no.