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Le gusta tenderse boca arriba sobre el agua para contemplar las nubes, el cielo es un espejo bastante peculiar, porque en vez de reflejar su forma corporal, lo que dibuja es el movimiento de su cuerpo al flotar sobre las olas.

Desde la orilla la llaman, le hacen gestos, avanzan de prisa hasta el borde del agua sin atreverse a pisarla. Ella se ríe, que esperen o se vuelvan locos, ya nada importa. Ni siquiera ese rostro dibujado en el cielo que parece acercársele lentamente.

Ella no se da cuenta, ella persigue a una serpiente que al alejarse se va convirtiendo en mariposa, en carreta, en flor, en algo indefinible por momentos, como su vida, una niña de ocho años jugando con una pelota de letras, una niña de nueve, levantándose la falda y bajándose las medias de lana para que el sol le pinte de moreno las piernas.

Una niña de doce, asustada por los pasillos temiendo que de cualquier resquicio salga esa mano recia que la obliga a apretar, girar o torcer mientras sus ojos asustados ven como su rostro cambia.

Una adolescente que no quiere ver nada con nadie, con nada, ni con ella misma, alguien que solo desea que la dejen en paz y que mira sin ver el mundo.

Una joven que sonríe todo el tiempo, que va de un lado para otro dejando lastres por el camino y todas ellas la acompañan, se encallaron en su cuerpo, en su alma, en sus pensamientos, a veces, por las noches salen a darse una vuelta por la ciudad, o se van a la sala a fumar y a contarse los últimos chismes del día.

Al principio las rehuía, las detestaba, pensaba que se desharían en la nada como la nieve, pero no, siguen ahí y no tienen ninguna intención de marcharse, así que ha decidido adoptarlas, las complace de vez en cuando, les regala minutos de su atención y distraimiento, las lleva de vez en cuando al mar y se acuesta con ellas flotando sobre las olas, las deja a su vaivén, mientras ella disfruta mirando la transformación de las nubes.

El rostro de azúcar está cada vez más cerca. Avanza, a veces decidido a dar el paso final, a veces titubeando entre hacerlo o no, midiendo la distancia que hay entre la punta de sus dedos y el cuerpo de esa mujer flotando sobre las aguas, su corazón se desboca, la sangre le nubla la visión, la tormenta se desata en su cuerpo retrasando sus pasos, ralentizando sus movimientos, dilatando la decisión final, amenazando con la opción de abandonarlo todo y buscar algo más fácil, más cercano y accesible.

Ella sigue mirando esa cosa que antes era mariposa y ahora es un rostro de azúcar.


Gladys