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La vida le iba regalando accesorios para la cabeza a medida que andaba por sus años, el primer objeto que recuerda, fue un gorro de lana en colores chillones, después hubo pinzas para el pelo, gomas para recogerse el cabello, hebillas que brillaban en medio del asfalto con insolente descaro reclamando su atención hasta llegar a este último gorro que sostiene en sus manos mientras contempla en cielo exigiéndole una señal, que esta vez, sí sepa entender.

Pensó que si esos eran los regalos que la ciudad tenía destinados para ella, era esa su estrategia para conquistarla. Se sonrío en medio de la calle, mientras avanzaba por el paso de peatones sin darse cuenta que la luz se estaba tornando ámbar.

Al pisar el otro lado de la calle, ya segura de no terminar arrollada por un coche, pensó en sus últimos amores, trajo a su memoria los ojos anegados de admiración de uno de sus amantes, él, a su manera torpe, sin palabras ni objetos solo atinó a regalarle miradas profundas, como si de esos ojos emanaran ejércitos enteros de seducción buscando el camino para llegar a su corazón.

Una pena que hubiesen elegido el camino equivocado.

El otro amor que saltó a su mente, además de la mirada, empleó gestos, dibujó con sus manos mapas de territorios anhelados pero indescifrables.

Cosa jodida el amor.

Cosa jodida el amor, susurró en voz baja mientras acariciaba éste último gorro de lana que la ciudad había puesto en sus manos - No era cierto por supuesto, pero a ella le encantaba creer que precisamente esta ciudad estaba enamorada de ella - cuando lo cierto era que alguien lo habría olvidado en ese vetusto banco a punta de deshacerse en la nada de esa calle anónima.

Observó el gorro, era de color gris, de lana peludita y suave, un poco grande para su cabeza, sin embargo su calidez, la tibieza confortante que la envolvía le recordó la sensación de ese algo entrañable que nos invade cuando se llega a casa, se cierra la puerta de la calle y nos fundimos en el aroma de café, de la sopa caliente y de los objetos que tienen la huella de nuestros dedos.

Se sentó en el banco y supo que la ciudad iba a ser su último amante.


Gladys