Defendemos tan ferozmente nuestro espacio que ponemos rejas a las sonrisas, a las miradas, a los gestos, a las manos, a las miradas que inocentemente llaman a nuestra puerta.

Nos refugiamos en nuestro cuarto, nos tendemos sobre la cama mirando al techo, nos miramos en el espejo del baño, salimos a la terraza, volvemos por café a la cocina…. nos consolamos con nuestra libertad, la libertad de levantarnos a la hora que nos dé la gana, de bañarnos o no, de leer, escribir o soñar sin que escuchemos esa voz que nos invita a hacer una cosa diferente a nuestra rutina.

Nos da miedo salir de nuestro espacio, nos aterra explorar territorios ajenos, ya sea porque tememos ser tachados de intrusos, o, en el peor de los casos, porque presentimos que a lo mejor ese territorio nos atrape, nos enamore, nos vuelva ciegos y nos quedemos definitivamente allí.

Revestimos de poderes sobrenaturales nuestra rutina, le damos un carácter sacro a eso que llamamos interior, cerramos las puertas para que nadie nos moleste, salimos corriendo cuando las sonrisas o las miradas lograr atravesar nuestras murallas, volvemos a casa, a nuestras mantas, nuestro café y miramos por la ventana.

Acaso, alguna vez reconoceremos nuestra cobardía, acaso alguna vez lamentaremos haber huido, quizás, pero nos quitamos ese sabor amargo de lo que pudo haber sido y no fue con razones de la razón.

Nos sentimos felices, o creemos que lo somos, redecoramos nuestro espacio colocando una lámpara allí, justo en la esquina, encajamos la espalda en los cojines del sofá y nos entregamos a nuestros placeres. Abrimos el libro donde habíamos marcado, entramos al mundo del personaje, vivimos las historias que nos cuentan los autores mientras el sentimiento de libertad se afianza.

La cama, la mesa, la lámpara, el café, la terraza, el baño, son testigos de nuestro qué hacer, nos ven en la más absoluta intimidad, conocen todos nuestros recovecos, nuestros olores, los tonos de nuestros pensamientos - aún no hemos llegado al extremo de hablar con ellos - aunque si conocen el tono de nuestra voz. A veces nos da por cantar a solas.

Eso es lo que llamamos mundo interior, lo que cuidamos celosamente, casi con fiereza lo defendemos y lo sopesamos cada vez que una sonrisa trata de seducirnos en el metro, o desde la mesa próxima en el cafe de la esquina, o en el extremo de la barra de un bar. Así que cuando sentimos que nos están derrotando, cuando el corazón se inquieta o el estómago se estremece, huimos hacia el espacio que habitamos sin saber que eso que llamamos "habitar" no es más que una pausa antes de morir.