No, no estoy en un teatro, tampoco tengo el libro en la mano, mucho menos estaba pensando en Shakespeare, de hecho, hace tiempo que no lo releo.

Todo sucede en una calle cualquiera, en un barrio anodino, de esos que cuando la gente se ve obligada a atravesarlos, procura hacerlo acompañada o caminando muy de prisa. En cuanto a la hora, creo recordar que atardecía pues el sol rojo estaba ya escondiéndose tras las montañas.

Yo los vi de lejos, como dos sombras acercándose el uno al otro muy despacio. Inmediatamente pensé en la famosa pareja del teatro, pero no me preguntes por qué, no sabría decírtelo, solo recuerdo que en mi cerebro saltó el interrogante: ¿Qué tomaste Julieta?. Ya sé que esa frase no tiene nada que ver con el texto original, que una vez más empiezo a divagar, así que vas a tener que perdonarme y por favor no interrumpas hasta el final.

Mientras me iba a cercando a ellos pensaba que era perfectamente plausible que Julieta y Romeo estuvieran ahí, a pocos centímetros de mi, que además estaban repasando los últimos minutos de sus vidas, como quien recapitula una historia con demasiadas versiones para elegir la más cercana a su realidad.

Mis pasos me llevaron hasta ellos, me quede un instante a su lado cuando los tuve al alcance de mi mano, pero los muy ladinos callaron en ese momento, así que como no iban a hablar hasta que yo me fuera, decidí cumplir sus deseos y seguir mi camino; llegué hasta el final de la calle, donde me encontré con una cornisa que debía saltar para acceder a la calle paralela.

Doy un rodeo, sopeso las dificultades de la cornisa, sé que está muy alta y quizás me rompa un tobillo al saltar, vuelvo sobre mis pasos, siento los ojos de la pareja pegados a mi espalda, me inclino para evaluar las posibilidades de un salto y descubro unas pequeñas ranuras cerca del borde la cornisa, como pequeñas salientes en las que cabrían la punta de mis pies así que decido usarlas como peldaños para bajar. Me quito los zapatos; empiezo el descenso.

Mis primeros avances son difíciles, me tiemblan las manos, el viento revuelve mi cabello impidiéndome la visión, sin embargo, aunque tomo aliento continuo bajando, mirando tercamente hacía el cielo para evitar el vértigo, ya sé que la distancia no es muy grande, pero es una especie de comportamiento instintivo.

Al cabo de unos minutos mis pies tocan el piso firme, las plantas de mis pies se posan sobre una superficie fría y un gélido poder va paralizando mi cuerpo que yace boca arriba, todo es silencio a mi alrededor, un pesado silencio me aplasta y sin embargo, como en un susurro escucho: ¿...Julieta?