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La tarde era fría, lluviosa, me encontraba frente a un teatro de barrio, no tenía ganas de volver a casa, ni de ir a ninguna parte. Me acordé de un capítulo de Rayuela, cuando Horacio se mete a un teatro y… Es lo que tiene haber crecido en medio de tantas historias hermosas, que de repente, a mi me entran unas ganas irresistibles de revivir y convertirme en protagonista de una de ellas.

Total, las condiciones ambientales eran más o menos las mismas: tarde de lluvia, de desarraigos, de amores frustrados, sintiéndome como una hilacha colgando del fin del mundo, sin un alguien esperando en casa. Así que busqué en mis bolsillos; por fortuna tenía dinero para la entrada, al menos por dos horas estaría calentito en aquella sala.

Lo primero que encontré fue una barra, con un barman de mediana edad, bastante jocoso y achispado, sobre él, una lámpara que parecía una gran libélula clavada con un alfiler gigante, con las alas amarillentas por la nicotina. Se podía fumar. Algo que es de agradecer en esta sociedad tan aséptica por un lado y tan podrida por el otro. Una buena cerveza activa la imaginación y las ganas de hacer comparaciones.

Al fondo estaba el escenario, un espacio de seis por seis más o menos, sin telón, paredes totalmente blancas, tres focos colgando del techo, aún con los párpados cerrados. Diez personas estábamos allí compartiendo aire pero huyendo a las miradas directas mientras echábamos de a poco tragos de cerveza antes de empezar la función.

Aparecieron los actores, una mujer y un hombre se movían por el escenario mientras que al fondo, un tercer actor narraba un corto párrafo. Cada vez que el narrador empezaba, los actores paraban y cuando callaba, su silencio encendía los cuerpos de la pareja.

Yo alejé todo pensamiento de mi cerebro, absorbí cada giro de voz, cada movimiento, cada expresión, cada color que se me regalaba aquella noche, me lo tragaba entero mezclándolo con el sabor de la cerveza, como si estuviera solo en el mundo, hasta que la función terminó.

Lo demás fue como siempre, los aplausos, parabienes, agradecimientos anunciaban la inminente vuelta a la realidad. Los que se conocían se reunieron, se saludaron, se quedaron allí compartiendo opiniones. Yo me fui al baño - la cerveza - mientras aliviaba mis urgencias una luz roja se dibujó en el espejo que estaba frente a mi. Terminé lo más rápido que pude, me di la vuelta. Efectivamente no era un efecto óptico de la estancia, se trataba de una rendija, me acerqué procurando que mi respiración no se escuchara y observé lo que pasaba en ese mundo.

La actriz se había quitado la túnica negra que la cubrió durante la actuación y se encontraba como paralizada en un rincón del cuarto.

Yo retrocedí. Un volcán estalló en mi estómago, tuve, al mismo tiempo ganas de vomitar, de huir, de quedarme, de gritar y de callar. También me sentí cobarde, ruin y totalmente avergonzado. ¿Quién era yo para meterme en la intimidad de otras personas? Eso no se hace. Uno debe ser discreto, dejar que cada quien viva…

Sí. Salí de allí procurando que nadie notara mi presencia, aunque yo supiera su secreto, ella jamás lo sabría, el orden universal no se rompería por mi. Callar era lo que me tocaba y no me implicaba ningún sacrificio.

Mañana a la misma hora, su dueño uniría los cables verdes y rojo. Ella se activaría, se cubriría con la piel de latex con la túnica negra…