Salió de la clínica con la rabia explotándole en el cuerpo. Se había gastando una fortuna con ese médico pensando que cuando saliera de allí habría cambiado, que cuando se mirara en el espejo, éste le devolviería la imagen de otra mujer, más segura, decidida y con carácter, pero no. Tiempo y dinero en remolino se vaciaron por el sifón de la realidad.

Ahí está, otra vez caminando por la ciudad, recorriendo calles y parques como si no tuviera nada más que hacer en la vida. A veces se sienta, mira a su alrededor, deja que el dolor de tripa se apodere de su conciencia, se abandona a él, aparca su conciencia mientras los ojos se le deshacen en impotencia.

Ojalá estuviera hecha de azúcar, ojalá fuera un cubo de hielo derritiéndose al calor del sol; pero en su mundo, aunque hay sol, éste está demasiado lejos, su calor llega a ella convertido en gélidos rayos. A veces la engañan, la rozan con sus dedos, aparentemente cálidos, pero luego se retiran como si ella fuera un puerco espín que chuzara con mil alfileres brotados de todos los poros de su cuerpo.

No hay perdón para los cobardes, no hay rincón donde yacer o dormitar unos segundos en paz y ahora, con la billetera vacía, ni dinero para comprarse un bombón de chocolate para darse una tregua.

Podría demandar al médico, claro que sí. Seguro que los tribunales le darían la razón, seguro que por lo menos, aunque no recupere su naturaleza primaria, podría saborear el placer de la venganza.

Se levanta del banco, camina salivando al pensar en la venganza, se ve a sí misma ante los tribunales alegando sus razonamientos, imagina la cara de los jueces, el murmullo del jurado público; sí, porque en la sala habrán muchas personas comunes y corrientes a los que les ha pasado lo mismo que a ella. Hombres y mujeres que también se creyeron las vanas promesas de una realidad mejor.

Y cuando la cara del médico le suplique…

Pero la cara del médico no es de azúcar ni de hielo, es de algo llamado carne y hueso envuelto en piel. Frágil a simple vista, pero inmune al café y a soles que no calientan. Esa cara es una roca, una roca que sigue enquistada a su corazón y que con toda certeza ha ganado la partida.

Se rinde. Si tiene que vivir con esa roca, si no hay poder humano ni divino que se la arranquen, le va a tocar cuidarla por todo lo que le quede de vida. Al final ella saldrá ganando cuando su cuerpo alimente el polvo de los caminos.