Naufragar es la otra cara de navegar y por qué no, de vivir. Cada día emprendemos un viaje nuevo, no importa que repitamos las mismas acciones que llevamos haciendo muchos años, tampoco hace falta que nos lancemos al mar como Ulises, ni que nos aferremos a un balón como Tom Hanks, ni a un tigre como Pi, todos los días viajamos y ello implica que todos los días estemos expuestos a naufragar.

Sin embargo, nuestras cotidianas vidas se destiñen cuando la ficción pinta de colores las vidas de los otros náufragos, no importa que envejezcan, engorden, enloquezcan o apesten, la ficción los hace irresistibles, no se qué poderes tiene pero los viste de un halo cautivador; así, todas esas cosas que en nuestra vida real aborrecemos o nos son molestan, adquieren un tinte mágico; de repente la suciedad, la locura, las arrugas o los kilos de más, pierden validez, tampoco nos importa el fracaso, los años que Ulises malgastó en sus batallas perdidas, ni los barcos hundidos, ni las tripulaciones amotinadas, ni los balones rotos de tanto usarlos; todos esos símbolos que en la vida real son sinónimo de fracaso, en la fantasía se revisten de epopeya, y sin embargo, ellos lo único que representan es nuestra soledad existencial, una soledad de la que no se libra nadie, todos estamos solos en la vida y así acabamos, si hay suerte podremos vivir algunos paréntesis mientras buscamos nuestro balón particular.

Un libro de autoayuda, seguramente nos diría que nuestra mente es tan poderosa que puede trocar el fracaso en triunfo, que si nos lo proponemos alcanzamos nuestras metas, que basta con tener voluntad, etc, etc. No es verdad. Somos humanos, una mitad de nosotros es negativa, es nuestra naturaleza, somos dobles hasta que la muerte nos separe. Así de inapelable.

Esto no nos impide viajar, ni naufragar por supuesto, pero procuramos no pensar en esto último, cada mañana emprendemos nuestro pequeño gran viaje, nos preparamos, vivimos cada segundo antes de embarcar, con una excitación nueva, un brillo en los ojos y una sonrisa en los labios, lo que pase una vez subamos los dos pies a nuestra propia embarcación es otra cosa y no siempre depende de nosotros mismos, en el camino podemos encontrarnos con embaucadoras sirenas, o una nube que es en verdad un témpano de hielo, o una tripulación que se nos amotina de buenas a primeras.

Y cuando nos rendimos, cuando fracasamos, nos aferramos a nuestras pequeñas ilusiones, que como tabla de salvación, nos van confortando hasta que recobramos fuerzas para empezar un nuevo día… un nuevo viaje.

Gracias Fantasía, a pesar de que mi barca se estrelló otra vez contra un témpano de hielo.