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Ya iba a salir de su recuadro existencial cuando cierto impulso paralizó su cuerpo, como si de un golpe certero en la nuca se tratara. - El tiempo es cosa que no existe en esta dimensión de trazos. - Antes de mirar hacía atrás dejó que la voz femenina entrara por los poros de su cuerpo, aunque el dibujante había puesto manos a sus oídos para evitarlo.

Lleno de sus tonalidades, impregnado de sensuales susurros no pudo resistirse, se arrancó del papel que le habían asignado, volvió sobre sus pasos, aunque las huellas de sus pies dejaran chorrerores de tinta que atentaban contra la claridad de las imágenes. No importaba, valía la pena seguir a esa voz, olerla, saborearla, cerrar los ojos, dejar que ella lo condujera a su propia viñeta. Sí, valía la pena.

Se asomó tímido al recuadro. El corazón parecía rompérsele, las manos le sudaban, y una nube de temores se dibujó sobre su cabeza. Tenía todas las de perder en la palma de su mano, ni una brizna de aliento, ni un destello de valentía, puestos a exagerar, ni un rayo letal al que recurrir. Las cosas del amor, no saben de recursos gráficos o virtuales.

Con la poca fuerza que le quedaba aspiró algo de aire. Como pudo abrió los ojos para descubrir el origen de esa voz que había logrado cambiar su libreto. Allí estaba, un rostro que ignoraba su presencia, unos ojos que seguían rastros de huellas que él nunca dejó, unas manos que tropezaban con mesas, sillas, cuerpos, rocas, botellas. Una cabeza que giraba, se inclinaba o se levantaba, pero que sin embargo no miraba para atrás, para el fondo del recuadro, donde él estaba enviándole oleadas de miradas.

Ella revoloteaba entre palabras, entre mesas, sillas, cuerpos, rocas o botellas, ella inclinaba la cabeza, o la giraba cuando una oleada de miradas estalló sobre su cuerpo rompiendo sus talones, desgarrando sus rodillas, haciendo explotar sus venas, como un náufrago intentó buscar un punto de apoyo, sus dedos rozaron un tenedor pero fueron incapaces de asirlo, como también fue incapaz de evitar que sus ojos se alzaran, caminaran hasta el borde de la viñeta y lo vieran a él, en medio de sus ondas sonoras pero con los oídos tapados por unas manos blancas y delgadas que el dibujante le había impuesto.

Un signo de interrogación surgió entre los dos personajes.

El dibujante se echó hacía atrás en su silla, se llevó las manos a la nuca, retiró la mirada de la mesa totalmente desconcertado, preguntándose por qué se le daban tan bien los inicios espectaculares y sin embargo, después de los temblores iniciales, todo se quedaba en blanco, la mano se negaba a dibujar, la inteligencia lo llevaba por otros derroteros hasta que las urgencias de los plazos de entregas lo obligaban a actuar sin mucha fortuna la mayoría de las veces.

Igual que en la vida real, pensó asomándose a la ventana, mientras sus ojos buscaban a la vecina del quinto, aspiró su cigarrillo y se sorprendió enviándole oleadas de miradas que….