Cuando el médico pronunció las temibles palabras, la imagen del abuelo con los bolsillos llenos de caramelos, gominolas y mentas saltó a su cerebro - una sonrisa tibia curvó sus labios. Si es de familia, ¡qué carajo!

Ahora, sentado indefenso, con esa bata azul desvaída esperando el dictamen final mirando el rostro neutro del doctor, sintiendo en la barriga el frio de las baldosas y en su nariz el olor antiséptico del hospital.

Qué quiere que le diga doctor, la palabras dulces escapan de mis labios sin querer, y ya ve usted lo que pasó de tanto tragármelas. Insulina para toda la vida. Ay que joderse.