Una y otra vez sus ojos volvían a los pliegues de su falda. Ella se hallaba solo a unos metros de él y bailaba con otro hombre. Juntos hacían una pareja formidable, dibujaban rutas sensuales en el espacio, se acercaban o retiraban como si la música, en un momento dado se hubiese materializado en esos dos cuerpos que se movían ante sus ojos.

El era un espectador invisible, como una silla o una botella de cerveza, nadie se fijaba en él pero él se fijaba en todo, principalmente en los pliegues de la falda de ella, los veía ondear al ritmo de sus caderas como pétalos de flores agitadas por vientos caprichosos, describiendo círculos, óvalos, líneas ondeantes deslizándose por sus caderas para detenerse un poquito antes de sus rodillas.

A veces sus ojos bajaban hasta los tobillos de ella para detenerse en la punta de sus pies que apenas rozaban el piso de cemento, contaba los segundos para determinar cuanto tiempo ella bailaba de esa manera. Tarea inútil, terminaba aburriéndose hasta que la música cesaba y se sentía tonto por fijarse en las formas que ella dibujaba con la punta de sus pies, en vez de centrarse en los pliegues de su falda. Eso si que era excitante, eso si que era el mejor espectáculo del mundo, una tela viva cubriendo la región más maravillosa del cuerpo.

Se sentía contento en su condición de invisible, casi feliz, de hecho satisfecho de lo que contemplaba, ese escenario era la vida y la certeza le heló el corazón haciendo trizas la magia del momento. Así que él se limitaba a contemplar los movimientos de la falda de ella y dejaba de vivir, dejaba su existencia en punto neutro por el delicioso placer de un ondear de tela sobre las caderas. Empezó a sentirse incómodo. Arrancó sus ojos de los pliegues de su falda, se centró en los rostros, en las manos acariciando una cabeza o señalando horizontes inexplorados y todo le pareció tremendamente absurdo e inhumano, como muñecos animados por algo ajeno a sus entrañas.

No quiso seguir así, se negó a seguir los roles estipulados, con un moviendo de manos y una sonrisa que nadie pareció notar salió de allí, empezó a caminar por la ciudad sintiendo el frío de la madrugada dibujando universos en sus mejillas… otra vez la misma sensación de manipulación, otra vez siguiendo un papel, describiendo con su existencia lo previamente planeado. Tuvo que detenerse, se aferró a sus recuerdos como un náufrago hasta que empezó a recuperar su estabilidad emocional, hasta que contempló la noche en su verdadera dimensión alegrándose por haber salido de allí, por muy sensuales y embrujadores que sean los pliegues de la falda de ella, son sus pliegues, y no los de él, a partir de esa noche todo sería diferente. Se lo prometió a sí mismo con la mayor seriedad del mundo.