Esa risa lo rescató de su soledad en el silencio del vagón, donde a esa hora de la noche, solo los diferentes se atreven a perderse por esos vericuetos de una ciudad en primavera, precisamente así era su risa: diferente, una especie de sonido bronco liberándose para estrellarse contra los cristales o contra su rostro, como efectivamente sucedió.

Se reía sola, desde el asiento de enfrente, hablaba al aire, sin mirar a nadie, de su boca salían letreros en polaco y en alemán o quizás en otra lengua que él no conocía, pero que tal vez llegaría a conocer; entonces lo sintió, fue una especie de déjà vu a la inversa, es decir hacía el futuro, se vio a sí mismo, en ese vagón, sentado en frente de un rostro desconocido, hablando en un idioma extraño y riendo con la boca bien abierta mostrando una cavidad vacía de dientes.

Así que era eso la soledad, subirse a los vagones toda la vida, hablar continuamente hasta que le entrara la risa sin mirar a nadie. Miró hacía otro lado pero siguió pendiente de la mujer que continuaba hablando. No trató de entenderla, no intentó descifrar su lenguaje, ni siquiera la miró, pero cada fibra de su cuerpo estaba pendiente de ella, de sus movimientos, del tono de su voz, de los dibujos que trazaba con sus manos o los involuntarios giros de sus pies enfundados en unas zapatillas de marca mientras un olor suave y cálido acariciaba su nariz.

Dejó pasar su parada, dejó que el tren siguiera su marcha porque se había adherido a las palabras y a la risa de esa desconocida, se mantuvo quieto notando como los pocos pasajeros que quedaban abandonaban el vagón dejándolos solos en su extraña comunión hasta que el tren se detuvo y por los altavoces se empeñaban en explicar los caminos reales por donde se debía caminar.

La mujer se puso en pie, con equilibrio innato se dirigió hasta la puerta manteniéndose estable a las embestidas del vehículo, él la siguió, se colocó junto a ella, aspiró su suave olor y decidió mirarla fijamente, perdiendo el miedo a su atrevimiento, como olvidándose de las reglas de buena educación. Descubrió unos puntitos rojos en sus mejillas y en su nariz; también vio chispitas doradas en sus pupilas.

El tren se detuvo, salieron al mismo tiempo, notó que ella no dudaba al encaminarse a la salida, al contrario, parecía saber muy bien a donde iba. Decidió seguirla, se rezagó un poco para emprender la marcha detrás de ella, pendiente únicamente de su risa y de su monólogo.

Subieron la escalera eléctrica, desembocaron en una estrecha calle esperando que el semáforo les permitiera avanzar. Él sintió el aire tibio de la ciudad, abrió la boca como devorando eso intangible que es Berlin en noches como esa, siguiendo a mujeres, que a su manera le muestran el futuro a seres como él.

Avanzaron hasta la iglesia, pasaron delante de su gran portalón, se toparon con algunos caminantes de la noche, sus pasos se impusieron al silencio en el que se iban adentrando casi sin darse cuenta, como casi sin darse cuenta sintió que la voluntad lo había abandonado, ahora era solo un hombre que camina detrás de una mujer enajenada que ríe y habla casi al mismo tiempo desde una boca sin dientes, pero atado a un olor suave con el poder de eliminar voluntades. No supo en qué momento se detuvo ella, se detuvo él, se sentó ella en un escalón del pórtico, se sentó él uno más abajo, hasta que los músculos cansados los impulsaron a la casa de ella, al mundo de ella, a una mesa con café caliente, una cama con sábanas limpias, jarrón en la mesa y el aroma del café invadiendo el mundo… una vida con mañanas claras y café a sorbitos lentos…


Una mano se atrevió a tocarlo, hablaba de abandonar el vagón y él no entendía a dónde habían ido a parar su déjà vu a la inversa, ni la mujer, ni el café a sorbitos lentos.