Nació de la nada, como todas las cosas importantes en la vida. Un día sucede, se materializa, se apodera de tu cuerpo y se queda para siempre viviendo en la sangre de tus venas.

Un día vas caminando por las calles de una ciudad hermosa, llena de historias crueles pero también de detalles que ayudan a vivir, donde la poesía es un graffiti en medio de una pared ruinosa, donde la música se eleva en pompas de jabón que se dejan acariciar antes de estallar, donde los pies se asientan sobre baldosas que te mantienen en pie, donde te puedes sentar y tu sombra no es una silueta negra, sino la otra imagen de ti mismo recortado sobre el césped de sus parques, mientras el sol te acaricia la espalda.

En esa ciudad las personas son reales, los cuerpos se palpan, se mueven, existen, conviven el presente y el pasado en un acto llamado vida, que sin embargo habla de lenguajes sutiles que no siempre se entienden claramente.

Un día de lluvia, de frío, de cielo encapotado con viento desapacible, sales, recorres calles, paseos, subes o bajas de vehículos para posarte sobre trozos de historia, entonces sucede, te das cuenta que estás pisando una sangre ensangrentada, que justo a tus pies, los pies de millones de personas se quebraron, la carne se hizo polvo y la humanidad le dio savia nueva a esos viejos árboles en cuyas hojas sigue estando grabada la locura.

Con todo eso en el cuerpo vas recorriendo calles, vas pasando de canales a parques, de parques a patios, de patios a estaciones de tren para terminar con tus huesos cansados en la última mesa de un café saboreando un capuchino mientras intentas componer el aluvión de emociones que te invade.

Nada más ponerlos sobre la mesa, los monstruos empiezan a revolotear, a saltar como bolitas de mercurio, decides mirar hacía otro lado donde te tropiezas con unos ojos que se abren desmesuradamente al verte, que te lanzan chispas vitales y torrentes cálidos; entonces te paraliza la certeza. Ahí está, ha sabido convivir con las miserias humanas, a su pesar o quizás por ello mismo es real, no se reviste de palabras de caramelo ni se encubre detrás de exquisitos modales hipócritas, ni huye despavorido ante la magnitud de su descubrimiento.

Tampoco es producto de imaginaciones, de sueños, ni de fantasías, es la carne en ebullición, es el producto de juntar dos elementos orgánicos explosivos en un mismo recinto… un café por ejemplo, expresados en una mirada que se llena de vida cuando te ve.

Esa certeza tiene el poder de encarrilar el mercurio, de domesticar monstruos, de cohesionar los jirones de vida extendidos sobre la mesa, es el poder real de la mirada en un acto llamado vida.