Esto de dedicarse a las cosas prácticas tiene su ciencia, aunque en ese momento era la única tabla de salvación a la que podía aferrarse con dientes y uñas. Estaba decidido a decirle adiós a sus fantasías, a sus palabras de amor sin destinatario, a diálogos sobrecargados de emociones para animar días insulsos y monótonos.

Envió de vacaciones a su sensibilidad, se sentó ante el escritorio a dibujar el plano de su nueva vida, se recreó en los detalles técnicos, en la suma de acciones, las perspectivas de pensamiento y las columnas de resultados con una minuciosidad digna de toda admiración.

Estuvo dos días sin salir a la calle, apenas si probó bocado, un trozo de manzana insípida y un pan duro con raspaduras de queso que encontró en una esquina de la nevera, pero el esfuerzo obtuvo su recompensa, 48 horas habían bastado para dibujar cada segundo de los dos próximos años de su vida y si seguía el orden, si era juicioso y atento, no tendría más contratiempos, ni se sentiría mal por perder el tiempo.

Durmió profundamente 24 horas seguidas, se lo podía permitir, porque el plano de su vida práctica empezaba justo ese viernes 9 de mayo pero olvidó por completo anotar el número del año.

Con la mente despejada, con el ánimo tranquilo y una nueva paz en su interior se despertó casi alegre. Con los ojos medio adormilados tomó el plano que había trazado y buscó en el, como quien busca una calle en el plano de una ciudad desconocida y se dispuso a leer las instrucciones que él mismo había trazado.

Ahí se encontró con los planes para esa hora precisa, con satisfacción cronometró todos los relojes de su casa con la hora planeada y siguió al pie de la letra todas sus propias instrucciones.

Feliz de seguir su propia ruta cumplió una a una todas las rutinas establecidas por algún tiempo indeterminado, cosa que en esos momentos no le importaba mucho comprobar, lo importante era que se relacionaba bien con los demás, cumplía sus obligaciones, satisfacía sus necesidades fisiológicas de manera correcta, nunca pasando hambre, pero tampoco abusando, logró poner en la misma frecuencia el mundo interior con el exterior y todo fue de maravillas.

Los días le llegaban limpios de tormentas, los olores que traspasaban su nariz provenían de gardenias, rosas o tulipanes de los jardines vecinos, las caricias que recibía su piel se las brindaba el viento, alguna hoja caída al azar o la seda de sus sábanas, las palabras tiernas, de canciones que escuchaba en medio de su ajetreada vida por casualidad. Nunca le gustó una música en particular, por eso ni compró, ni se preocupó de enterarse de compositores, canciones o ritmos… algunas veces la armonía se rompía por la bocina de un coche o una ambulancia que llevaba algún herido o las sirenas de la policía persiguiendo a la gente viva que lo rodeaba. Qué necios son, pensaba en esos momentos y cerraba la ventana de su habitación para seguir planificando los años siguientes a esos dos primeros años que nunca se supo cuando empezaron.