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Despertarse con la sensación de haber soñado con el sentido de su vida fue muy grato. Por la ventana el sol ya dibujaba mundos vibrantes, daba lustre a los árboles y tonos dorados a los rostros de la gente corriendo presurosa a cumplir con sus trámites vitales.

El se dio la vuelta, le gustaba acostarse boca abajo, oliendo su propia almohada mientras los minutos pasaban hasta alcanzar la hora en que solía levantarse y empezar, él mismo, a protagonizar su propia vida.

En su mente se dibujaron un globo de colores, un cielo azul y unas nubes que, aunque no tomaran una forma concreta, se deslizaban impregnadas por el aroma de todas las flores del universo sumado al olor de ella gravitando en su universo.

Estaba convencido de estar reviviendo su sueño, estaba seguro de que ese era el globo, aquellas las nubes, aquel el cielo azul, el aroma y la mujer, cosa rara, hacía meses que ella no aparecía en su mente. Calculó los días, semanas y meses que llevaba sin recordarla y se extrañó que que hubiese podido sobrevivir a tantos minutos cotidianos sin el aliento de su recuerdo, sin la animación de su risa y sin el tormento, también hay que reconocerlo, del enorme interrogante que desbarató las ilusiones de ambos.

Cosa rara la vida, después de años de agonía, después de ataques de ansiedad muy parecidos a infartos mortíferos, resulta que sí podía vivir sin ella, que si podía pasar horas sin pensarla, que si podía besar otras bocas, recorrer con sus manos otros cuerpos sin la presencia dolorosa del amor fallido.

Y precisamente hoy, esta mañana, cuando se había convencido de que en otros mundos sin ella también existía la felicidad, el color, los aromas y los globos de colores, de que por primera vez en mucho tiempo el mundo exterior se había colocado en la misma esfera de consonancia con su mundo interior, salta ella impunemente y se le enreda en las pestañas.

Ahora se da la vuelta y mira el techo.

Vuelve a pensar en el globo de colores y como ella viaja en ese globo, decide subir él también, da el paso definitivo, se aferra a los pliegues de su falda, ella estira la mano y sus dedos se unen.

Solo faltan las letras finales de su historia y la música en crescendo… pero eso era antes, cuando él la inventaba. Hoy, ella ya no es solo una sombra en un cielo azul, sino que se llama Marta, tiene el cabello negro y unas arruguitas alrededor de los ojos que aprendieron a reír con todo el cuerpo, cuando él le cuenta sus pensamientos más íntimos. Y el globo que soñó es la ilustración del libro que ella lee a su lado.