Eso pensé cuando abrí la caja de Pandora de mi pasado y me encontré con una foto de mi mejor amiga. Es una foto de la época en que lo digital aún no había entrado en nuestras vidas, cuando el papel era la materialización de nuestros momentos permitiéndonos palparlos cada vez que se nos antojaba. Conserva cierto brillo a pesar de la humedad, y esos bordes irregulares enmarcando nuestras imágenes, me impulsan  a recorrer sus aristas con cariño, como agradeciéndote que sigas en mi vida.

Tenemos unos trece años - hablo en presente porque las fotos no tienen edad - nuestros peinados son algo raros; cómo nos gustaba hacer experimentos con el cabello.  Tu vestido… a ver, recuerdo que era amarillo. Sí, eso es. En cambio el mío era horriblemente rosa, ya sabes mi madre con su obsesión por los colores de género. Qué envidia, tu madre fue siempre más liberal que la mía, sin embargo se nos ven las rodillas, yo tenía una venda porque me había caído de la bici, mientras que tu siempre las tenías sucias, nunca te las lavabas, tus recorridos de limpieza terminaban en las axilas, lo demás no hacía falta, hasta que nuestras madres se daban cuenta.

Era un día de diciembre, lo sé porque en la foto aparecen las luces de colores, claro, un poco desvaídas, porque es medio día, cosas de nuestro sol tropical que no sabe de matices. Las dos quedamos con los ojos guiñados, no nos importaba salir guapas o no.

Si, ahí estamos tu y yo, dos niñas que se estaban convirtiendo en adolescentes, dos tontas que jugaban a hacer puzzles con las nubes mientras nos levantábamos la falda para que el sol nos pusiera morenas las piernas, debajo de costras y cicatrices, que en aquella época eran más bien trofeos de nuestras aventuras. 

Ahora mirando fijamente tus ojos alcanzó a descubrir los rayitos de luz que adornaban tu mirada y que le daban un halo de felicidad, si porque las dos estábamos destinadas a ser felices, las dos no hacíamos castillos en el aire, ni soñábamos con mundos mejores, el que teníamos nos bastaba; éramos felices en él.

No sabíamos nada, tampoco nos importaba, el tiempo, el sol, la luna, las flores de la abuela y el dulce de mora enfriándose en la ventana colmaban nuestros días en aquellas vacaciones de diciembre. En ese intervalo entre un curso escolar y el siguiente nos hicieron esa foto, no recuerdo quien la tomó, ni cómo yo terminé quedándome  con ella, quedándome contigo y con ese día de diciembre, con ese calor tropical, además de ese ridículo pelo que enmarcaba nuestros rostros. ¿Fue el azar? Quiero pensar que sí porque eso haría más fuerte nuestra amistad, porque a pesar de los años que han pasado,  de los rumbos que ambas hemos tomado, siempre hemos sido fieles a esa cosa que llaman destino, lo dejamos hacer y él nos hizo a nosotras. la prueba esta en mis manos, en ese trozo de papel amarillento que aún resiste a desvanecerse en la nada de la existencia y que me acompañará cada vez que necesite revivirte.