21 de Julio, 2014, 14:23: GladysGeneral

Quizás en la repisa del pasillo, justo a la derecha de la entrada, alinearlos uno tras otro en orden de importancia… no, todos fueron importantes. Tal vez sería mejor ocultarlos a la vista de las posibles visitas del futuro, comprar una bonita caja de cartón, ilustrada por algún artista, o con una foto de alguna ciudad que ha visitado, o un parque, alguna escultura, unas simples flores teñidas de otoño.

Divagaciones. No importa, podría ponerlos en una caja de cartón debajo de la escalera, o en el fondo del armario o donde le diera la gana, incluso podría llegar a quemarlos en una noche de San Juan, ellos seguirían ahí.

Pero qué se puede hacer con esos trozos, con esos retazos de pensamiento, con esas canciones, con los dolores de tripa o los golpes de rubor en las mejillas.

No hay paquete que los guarde, no hay libros que los asfixien entre sus páginas. A pesar de que ya son inofensivos tienen la osadía de aparecer cuando él menos se lo espera. Saltan a la sopa sin que se de cuenta y lo peor, es que a veces se los traga como si fueran un alimento fresco e incluso llega a saborearlos… la memoria le hace creer que han renacido y tienen un sabor nuevo. Mentira total.

Están bien muertos, desaparecidos y lejanos, pero ahí están. No puede borrarlos, porque no sabe exactamente en qué lugar se hallan, son como el mercurio, cuando uno intenta cogerlos, se escabullen o se convierten en miles de gotitas de pasado esparcidas sobre la mesa. Con ellos quemándole las palmas de las manos recorre la casa como un enajenado en busca del lugar ideal para esconderlos, se ha negado a darles un nombre o una imagen en su cerebro porque sabe que si lo hace, recobraran la vida y le harán daño, otra vez.

Cuenta baldosas mientras recorre las habitaciones y los pasillos, piensa en otras cosas en el momento de abrir puertas, armarios, cajones, y a cada segundo que pasa siente que el tiempo se le está acabando, que las horas pasan irremediablemente y que él no va a poder hacer nada con ellos, lo cual le produce escalofríos, no quiere tenerlos, no quiere volver a sentir, su mente se afana en la limpieza y el vacío absoluto, pero cuesta, cuesta mucho y ellos no le ayudan nada.

Por último llega a la cocina, no quería pensar en el fuego como solución, pero la caja de cerillas le mira de una forma irresistible. El pensamiento ancestral de que el fuego tiene propiedades purificadoras lo anima a continuar. Sí, quemarlos va a ser la única solución posible para librarse de ellos.

La imagen de él ardiendo en llamas lo congela haciéndolo desistir, si se enciende en fuego, si sus amores antiguos arden con él, devoraran su cuerpo hasta convertirlo en cenizas, pero él no quiere ser cenizas, sólo quiere no sentir y el bucle se multiplica.

21 de Julio, 2014, 14:10: Gladysminirelatos

A su mente acuden todos los razonamientos acumulados durante años de estudios y profundas lecturas, pero ninguno es capaz de explicar ese quejido de la madera ardiendo en la chimenea.

Tampoco ayudan los tapones ni los auriculares, los quejidos se imponen a Bach, incluso lo superan instalándose en lo más recóndito de su cerebro.

 Puede que la silla de la abuela sea ya ceniza en el fondo de la chimenea, pero no se resigna a quedarse en silencio.  Igual que la abuela.

 

21 de Julio, 2014, 14:04: Gladysminirelatos

En su tumba crece la hierba libremente, nadie la riega, ni corta las flores silvestres. El viento la ha hecho su nido, los pétalos del diente de león la alfombran y la lluvia, cuando aparece resbala suavemente sobre las letras de su nombre.

Un nombre que nadie recuerda y una voz sin timbre. No le extraña, nunca llamó la atención en ninguna etapa de su vida, nadie lo amo, ni él amo; solo una niña de ocho años que siempre iba al parque donde él se columpiaba, le regaló una caja de colores que jamás usó. Te hacen falta, le dijo muy seria.

 

 

21 de Julio, 2014, 14:02: GladysAlaprima

No sé para que las explicaciones llegan cuando ya es demasiado tarde, tienen esa maldita manía de aparecer cuando ya no hay remedio dejándolo a uno con cara de idiota y cerebro de inteligente.

Eso fue lo que pensé cuando los ví, después de años de olvido, de caminos sin recorrer, países sin visitar, ciudades ignoradas, razonamientos y justificaciones que perdían la validez en cuanto revivía esas viejas y excitantes emociones que imaginaba emprender en su compañía.

Sí, hubiésemos llegado lejos, pero dos zapatos del mismo píe no avanzan nada.

21 de Julio, 2014, 13:43: Lady papaHablando de...

A veces ciertas circunstancias se alinean de forma curiosa, formando una galaxia llena de sorpresas a nuestro alrededor. No nos damos cuenta de ello hasta que empieza a girar una y otra vez ante nuestros ojos, reclamando nuestra atención; curiosamente sucede cuando estamos al borde del abismo - hablo de abismos metafóricos, como cuando vamos a tomar una decisión importante - en ese instante logramos mirarla de frente para encontramos con una visión asombrosa de nuestra vida pasada y ese instante, además nos desafía con una pregunta más: ¿Por qué seguimos vivos? es cuando nos damos cuenta de que lo estamos de milagro, como quien dice, pero, ¿cómo hicimos para sobrevivir a tantos avatares?

Creo que se debe a la inconsciencia, a caminar con los ojos cerrados y lanzarnos de cabeza en las turbulentas aguas de la vida. No encontramos otra explicación más lógica, tampoco queremos buscarla.

Sobrevivimos a besos venenosos, a abrazos asfixiantes, a sexo inseguro y no planificado, a amores tormentosos o celos desaforados… vivimos peligrosa e inconscientemente, de ello son testigos unas cuantas cicatrices tatuadas en la piel, en el alma y en esos lugares que no sabemos exactamente donde quedan, pero a los que les basta la luz de una mirada, o el recuerdo de un tono de voz para desvelarse certificándonos su presencia.

Sí, tenemos huellas invisibles de amores desaforados e ilusos, dejamos jirones de nuestra piel al lado de la vida de otras personas en los momentos en que los ritmos vitales coincidían, o incluso cuando dejaron de hacerlo.

También sobrevivimos a borracheras solitarias sentados en una acera en medio de gente desconocida, en fiestas de presencias borrosas, o en medio de mundos que se iban alejando lentamente de nuestro ser.

Tristemente también sobrevivimos a la pasión y a las rutinas, al aburrimiento a las horas eternas que saben a ausencias, sin embargo esa certeza, no nos hace más fuertes, no nos hace invencibles ni nos prepara para sobrevivir a las batallas que nos quedan en nuestras vidas.

Ya no hay fuerzas, las rodillas tiemblan ante las amenazas, la angustia se enrosca en la tripa y sentimos o presentimos que estamos en los últimos momentos, sabemos que el final se acerca, descubrimos la otra cara de las verdades y contrariamente a lo que cabria esperar, - que es que uno se arrepintiese e intentara ser mejor persona en los últimos minutos de la vida - no lo hacemos, al contrario, nos sonreímos ladinamente repasando el pasado y preguntándonos, ¿cómo sobrevivimos a nosotros mismos?

Pero no es desidia o irresponsabilidad, es que no sabemos qué hacer, no sabemos como actuar o como responder a determinadas circunstancias, cada instante, cada situación, cada persona es nueva, única e irrepetible en nuestras vidas y no podemos hacer nada más que disfrutarlas mientras están a nuestro lado y extender los brazos para decirles adiós cuando los mundos se separan y el interrogante vuelve a aparecer: ¿Cómo hicimos para sobrevivir?