A su mente acuden todos los razonamientos acumulados durante años de estudios y profundas lecturas, pero ninguno es capaz de explicar ese quejido de la madera ardiendo en la chimenea.

Tampoco ayudan los tapones ni los auriculares, los quejidos se imponen a Bach, incluso lo superan instalándose en lo más recóndito de su cerebro.

 Puede que la silla de la abuela sea ya ceniza en el fondo de la chimenea, pero no se resigna a quedarse en silencio.  Igual que la abuela.