En su tumba crece la hierba libremente, nadie la riega, ni corta las flores silvestres. El viento la ha hecho su nido, los pétalos del diente de león la alfombran y la lluvia, cuando aparece resbala suavemente sobre las letras de su nombre.

Un nombre que nadie recuerda y una voz sin timbre. No le extraña, nunca llamó la atención en ninguna etapa de su vida, nadie lo amo, ni él amo; solo una niña de ocho años que siempre iba al parque donde él se columpiaba, le regaló una caja de colores que jamás usó. Te hacen falta, le dijo muy seria.