Quizás en la repisa del pasillo, justo a la derecha de la entrada, alinearlos uno tras otro en orden de importancia… no, todos fueron importantes. Tal vez sería mejor ocultarlos a la vista de las posibles visitas del futuro, comprar una bonita caja de cartón, ilustrada por algún artista, o con una foto de alguna ciudad que ha visitado, o un parque, alguna escultura, unas simples flores teñidas de otoño.

Divagaciones. No importa, podría ponerlos en una caja de cartón debajo de la escalera, o en el fondo del armario o donde le diera la gana, incluso podría llegar a quemarlos en una noche de San Juan, ellos seguirían ahí.

Pero qué se puede hacer con esos trozos, con esos retazos de pensamiento, con esas canciones, con los dolores de tripa o los golpes de rubor en las mejillas.

No hay paquete que los guarde, no hay libros que los asfixien entre sus páginas. A pesar de que ya son inofensivos tienen la osadía de aparecer cuando él menos se lo espera. Saltan a la sopa sin que se de cuenta y lo peor, es que a veces se los traga como si fueran un alimento fresco e incluso llega a saborearlos… la memoria le hace creer que han renacido y tienen un sabor nuevo. Mentira total.

Están bien muertos, desaparecidos y lejanos, pero ahí están. No puede borrarlos, porque no sabe exactamente en qué lugar se hallan, son como el mercurio, cuando uno intenta cogerlos, se escabullen o se convierten en miles de gotitas de pasado esparcidas sobre la mesa. Con ellos quemándole las palmas de las manos recorre la casa como un enajenado en busca del lugar ideal para esconderlos, se ha negado a darles un nombre o una imagen en su cerebro porque sabe que si lo hace, recobraran la vida y le harán daño, otra vez.

Cuenta baldosas mientras recorre las habitaciones y los pasillos, piensa en otras cosas en el momento de abrir puertas, armarios, cajones, y a cada segundo que pasa siente que el tiempo se le está acabando, que las horas pasan irremediablemente y que él no va a poder hacer nada con ellos, lo cual le produce escalofríos, no quiere tenerlos, no quiere volver a sentir, su mente se afana en la limpieza y el vacío absoluto, pero cuesta, cuesta mucho y ellos no le ayudan nada.

Por último llega a la cocina, no quería pensar en el fuego como solución, pero la caja de cerillas le mira de una forma irresistible. El pensamiento ancestral de que el fuego tiene propiedades purificadoras lo anima a continuar. Sí, quemarlos va a ser la única solución posible para librarse de ellos.

La imagen de él ardiendo en llamas lo congela haciéndolo desistir, si se enciende en fuego, si sus amores antiguos arden con él, devoraran su cuerpo hasta convertirlo en cenizas, pero él no quiere ser cenizas, sólo quiere no sentir y el bucle se multiplica.