Justo cuando estás saboreando el último y definitivo sorbo de café te llega la revelación, sientes una especie de terremoto interior, tu cuerpo convulsiona, se te corta la respiración, las manos te sudan y el cerebro se paraliza.

            Te das cuenta que has tenido un momento sobrenatural, el puzzle de tu vida se arma como por arte de magia mostrándote cosas, que después de los primeros segundos de conmoción, exhiben tu propio rostro en una versión que no te deja muy contento de ti mismo.

            La esencia es la mirada. Lo reconoces, vuelves a la pantalla, te das cuenta de que viste sus películas con otros ojos, que incluso, eras otra persona en aquellos tiempos, sin embargo ahora sabes porqué siempre ella influyó en ti. Puede que no te gustara mucho, que en su momento te decidieras por otras, pero en el fondo ella siempre vivió en algún recoveco de tu cuerpo, o no precisamente ella, sino su mirada, en un efecto que va más allá de lo físico o de lo conocido.

            Acto seguido el efecto mirada se impone en el silencio de tu habitación, recuerdas todas aquellas que conformaron tu vida, surge de la nada el rostro del amor que nunca encontró las palabras del entendimiento y sin embargo, parecía emanar una fuerza gravitacional que logró golpearte en el ombligo devastándote, vuelve entonces el dolor, la desesperación, el miedo por la duda y el pánico a las certezas, que solo se evaporaban cuando te miraba de esa forma indescriptible, inclinando un poco la cabeza, sin un parpadeo, directo, fuerte, serio, fascinado… no hay adjetivos para describir exactamente lo que brillaba en aquellos ojos, pero si los efectos que producía en tu cuerpo, de eso hace ya muchos años y aún continua absolutamente íntegro en su esencia, reforzado con el don de cambiar de protagonista.

            Al poco aparecen otras miradas que a pesar de la fugacidad del instante lograron quedarse en tu vida, desde compañeros de estudios, caminantes callejeros, encuentros casuales, minutos compartidos sentados en transportes públicos hasta llegar a la última locura de una noche entera mirándose sin decir nada para luego desaparecer como si eso no fuera importante, o como si algún malvado productor decidiera poner la palabra fin con los ojos cerrados sin importarle que lo esencial estaba sucediendo en ese preciso  instante.

          Reconócelo, eres vulnerable al efecto mirada, no importa cuantas palabras se inventen, cuantas propuestas te rodeen, cuantas actividades o intereses te secuestren por determinado tiempo, al final, cuando el cuerpo esté agotado, cuando el silencio se imponga o simplemente cuando estés terminando tu último sorbo de café, la mirada volverá a aparecer para patearte la barriga.

            Lo siento amigo, estás condenado.


Ladypapa