Era el primer domingo de su nueva vida, nueva ciudad, nuevos amigos, una inyección vital recorría su cuerpo y él estaba decidido a cerrar con candado las puertas de su pasado.

            Se dedicó el día entero a organizar su nuevo lugar, de vez en cuando algún molesto sentimiento de añoranza le amenazaba con volver pero él se estaba convirtiendo en un experto capoteador de recuerdos. Su sensata voz le daba alientos, le animaba a continuar y le ofrecía autopistas de vida llenas de emociones nuevas.
            Con esta resolución llenó su alma, empleó las horas de luz en montar muebles, acomodar lámparas, elegir el lugar perfecto para su escritorio, ordenar sus amados libros después de sacudir de ellos todas las señales de vida pasada materializadas en marcalibros que le regalaron alguna vez o entradas a conciertos compartidos. Todo ello iba a parar a la bolsa de la basura, que en la noche iría al contenedor y después reposaría en algún vertedero de la ciudad.
 
            Caía ya la noche cuando se asomó a la ventana. La noche era cálida, el cielo se vestía de colores suaves y decidió salir a caminar. Aire fresco era lo que su cuerpo le pedía en esos precisos momentos. Sin temor a perderse por esas calles desconocidas, que ahora formaban el escenario de su nueva vida, empezó a recorrerlas mirando con curiosidad tejados, ventanas, frisos, andenes, vitrinas y terrazas llenas aún de gente que estiraba el domingo antes de volver a casa, a sus cotidianidades.
 
            Se detuvo ante las puertas de un café, le gustó la luz que emanaba y se regaló unos minutos más de soledad ante una mesa saboreando un café amargo, como a él le había gustado siempre; entonces la vio, ella estaba sentada ante la barra, ella saboreaba una cerveza y lo miro fijamente, le sonrió - de eso estaba completamente seguro - y esa sonrisa era linda.
            Nunca supo como los ojos empezaron a hablar, ella le contaba la historia de su vida y a cada parpadeo él iba perdiendo el alma y su recién recobrada libertad. Sí, había capitulado, sin proponérselo se había entregado, se rindió a esas palabras sin voz, a esos gestos, a esa mirada que lo llenó de vida y emociones.
 
            Se recostó en el espaldar de su asiento, puso sus manos sobre la nuca y cerró los ojos… era lo único que podía hacer, porque cuando los abriera de nuevo, cuando las imágenes del bar, los muebles y la decoración llenaran de nuevo su mente, sabría que ella ya no estaría ahí, y como siempre, él se lamentaría toda la vida por no haber abierto la boca.