23 de Septiembre, 2014, 6:57: GladysGeneral


            Nos han encerrado - por seguridad nacional - nos dicen -, del mundo exterior solo podemos ver tiritas de un paisaje hostil, pardo, reseco, como si la tierra estuviera muerta de sed. Y lo está, igual que nosotros, de vez en cuando un médico se acerca llevando un algodón húmedo que nos pasa por los labios, luego se marcha, es como una brisa que nos recorre unos instantes para abandonarnos a nuestra suerte.

            Solo distingo a dos hombres a mi lado, sé que hay más pero ni mis ojos alcanzan a dibujarlos, ni mi cabeza es lo suficientemente fuerte para levantarse un poco y comprobar  cuántos estamos recluidos en esta recámara de la muerte.

              Nuestros cuerpos se hayan tendidos en una sola cama, con apenas espacio para no rozarnos, cosa que nos han advertido muchas veces, si las pieles se tocan, se adherirán unas a otras dejando nuestros músculos al aire. Ninguno de nosotros quiere eso, en realidad no importaría, allí no hay ojos que se horroricen al ver nuestros cuerpos desollados.

              En el lado derecho se haya un hombre mayor, aunque no muy viejo, debe estar en esa etapa que llaman "mediana edad" es menudo, casi esquelético pero lo que da verdadero espanto es su cabeza demasiado pequeña, sin embargo, luce una gran melena de cabello canoso ensortijado, de vez en cuando veo sus ojos negros, debajo de ellos profundas bolsas de piel caen por su propio peso y sus labios terrosos apenas si murmuran débiles quejidos de vez en cuando. La piel de su cuerpo es gris, quebradiza y cada cierto tiempo se le revienta como abriendo grietas profundas que le producen un dolor espantoso; él no se queja, pero yo lo veo en sus ojos.

              El otro hombre es más o menos de su misma edad, pero no luce tan mal como el primero, aunque también tiene la piel tensa y quebradiza, da la impresión de sufrir menos. A su lado, tendida, estoy yo, también tengo la piel tirante y también se me rompe al menor movimiento, sin embargo siento que no estoy tan enferma, no tengo ningún dolor, pero no tengo fuerzas para salir de aquella habitación.

              Sé que debo quedarme ahí hasta el final, pero no el final de mi vida, sé que no acabaré mi tiempo en esa sala, algún día moriré, pero no será en este lugar, creo que me he vuelto inmune a la enfermedad, alguna vez, en algún lugar me contagié, pero mi cuerpo logró armar su ejercito de defensas y gano la batalla, de eso me alegro, pero siento un profundo pesar por ellos.

              Al cabo de un rato llega la sombra blanca del médico con su algodón húmedo y cumple su deber comedidamente, yo en primer lugar encuentro un nuevo sabor en esa mota  antes insípida, el hombre del medio también parece sentirse mejor, me lo dice un rayito de luz en sus ojos, sin embargo, el que ocupa el lugar de la derecha empieza a inflamarse, su cuerpo va ganando volumen y llego a temer que pronto va a explotar y nos empapará con sus entrañas.

              Luego se gira hacía a mi, como reprochándome, o reprochándole a la vida la injusticia que está cometiendo al tratarlo de esa manera, sabe que va a morir y no quiere, reniega de su suerte, entiendo todo eso sin que él haya podido siquiera mover los labios, y es que la rabia de la injusticia no necesita palabras para horadar nuestro corazón.

             Al cabo de tres días nuestros cuerpos empiezan a mejorar, quitan la cerradura de la puerta y de vez en cuando la abren para ventilar, cosa que no aporta nada nuevo a nuestras maltratadas pupilas, pues la tierra misma parece contagiada de nuestra enfermedad, árida, reseca y quebradiza.

              Mi ánimo mejora, ya estoy segura de que saldré de allí, sin embargo me apena la imagen del hombre de la derecha. Espanto los pensamientos y me preparo para irme, me tomo todo el tiempo del mundo antes de abandonar aquel campamento y me sorprendo a mi misma sintiendo un dolor profundo en el pecho. ¿Amo esto?, ¿me duele abandonarlo?, no lo entiendo, no sé porque siento todo esto cuando debería estar feliz de dejar atrás todo aquello. Los objetos del amor suelen ser inexplicables.

              Preparada para partir, miro por última vez al señor de la derecha y creo vislumbrar un matiz de salud en el rostro de su piel. Algo estalla en mi pecho, algo que me hace tambalear, es la certeza de que se salvará. De eso estoy segura.

 

 

23 de Septiembre, 2014, 6:48: GladysGeneral


              Vive en una casa grande, tiene para él solo un gran patio donde tenderse al sol cuando le dé la gana o buscar sombra cuando éste se pone demasiado riguroso, rasca su lomo contra la arisca superficie del árbol, le da un rodeo y vuelve al sillón para limarse las uñas con el tapiz de los muebles.

            Su existencia está libre de almanaques o relojes, sus ojos verdes solo tienen cabida para la luz y la oscuridad, algunos sonidos aleatorios, además de dos platos siempre llenos, uno de comida sólida, el otro de liquido.

              A veces su existencia se llena de otros colores, de otras voces, de otros olores que no siempre le gustan, pero que por una extraña razón aparecen sin avisar; la verdad es que poco le importa lo que sucede a su alrededor, mientras no tengan nada que ver con él, no se rebela, al contrario, a veces despiertan su curiosidad, entonces se decide a variar su rutina, ronronea alrededor de unas piernas o se queda estático contemplando el sueño de alguien que duerme dentro de su territorio.

            En la madrugada los ojos se abren y lo contemplan espantado - él no sabe por qué causa temor - pero esos ojos al abrirse dejan ver destellos de miedo, él no sabe lo que es eso, pero lo nota por la agitada respiración, el parpadeo incesante y esa voz que produce un sonido extraño y ronco  al tiempo que mueve la cabeza nerviosamente.

              El se queda quieto, no iba a hacer daño, con su inmovilidad quiere dejarlo bien claro, pero el dueño de esos otros ojos se agita, cambia de posición, se refugia en sus propias trincheras y huye.

            No entiende por qué se va, a él no le importa si lo hace o no, a él no le importan sus miedos, sus gritos, sus sobresaltos, tampoco le interesa mucho saber qué tiene él en su cuerpo que produce tales efectos.

              Lo que sucede fuera de él simplemente no existe, así que abandona el cuarto, deja a ese otro ser cubierto hasta la cabeza con sus propias sábanas, temblando y mirando a hurtadillas para comprobar si ha abandonado la habitación o no. Sería interesante volver cuando haya recobrado la confianza para contemplarlo hasta que abra de nuevo los ojos, en efecto así lo hace unas cinco veces en el lapso de tiempo que va desde la una hasta las cinco de la madrugada.

              Después se aburre y se enrosca en su patio mientras recibe los rayos tibios del sol.


                          Ante el espejo se mira el rostro y recorre con sus dedos los caminos surcados en su piel por las uñas del felino, sabe que tiene que deshacerse de él, pero no se atreve ni a mirar hacía atrás, quizás lo esté mirando fijamente desde el umbral de la puerta.

 

23 de Septiembre, 2014, 6:35: Gladysminirelatos


            Ya tengo el billete en mi mano, ahora queda lo más difícil, decir adiós, se me ocurren soluciones más cobardes, como salir corriendo, irme sin decir nada, dejar una nota debajo de tu puerta, pero en blanco porque las palabras se niegan a dibujar sentimientos. Sí, eso me evitaría momentos embarazosos o preguntas incómodas o explicaciones que incluso a mi me suenan tontas.

            Creo que voy a optar por la nota en blanco, pienso que unas líneas sin escribir dicen mucho más de lo que mis palabras podrían aclarar, ese trozo de papel encierra la verdad que solo tu puedes leer.

 

23 de Septiembre, 2014, 6:29: GladysAlaprima


           Hemos dejado de creer en los dioses, ya no nos asustan, ni figuran en los trazos cotidianos de nuestras vidas. A fuerza de ignorarlos, los eliminamos. Desaparecieron de nuestras vidas y si algún día, por algún azar los recordamos, nuestro cerebro les pone una etiqueta: Ficción.

            Ficción, todo aquello que no tiene explicación o que se le puede acomodar cualquiera de ellas… sin embargo callan, están ahí, viven en las aguas tranquilas de los lagos, a veces suspiran, pero creo que están cansados de nosotros; me lo susurró un alga que se enredo en mis cabellos.
23 de Septiembre, 2014, 6:14: GladysAlaprima


            Luces y sombras en la frontera de lo concreto y abstracto. Ya es fuego que chamusca la carne o viento que la refresca, temblores procedentes de quien sabe qué entrañas se alían en un conjuro que logra detener el tiempo, las palabras, las razones.

            Con las emociones temblando en las rodillas intenta anclar en mundos reales, extiende los brazos en esa frontera pero nada parece responder, la locura dibuja trazos borrosos en su cerebro, mientras su carne agotada se rinde. Quizás la vida sea solo un temblor desconocido meciendo sus cabellos.

 

23 de Septiembre, 2014, 6:07: GladysHablando de...



           Todos los extremos son peligrosos, pero si se está en el centro, no se es ni chicha ni limoná. Hay que tomar partido.

            Andas por las calles afinando el oído para tratar de entender no solo a la gente que te rodea, sino a tí mismo, buscas en los recovecos de tu interior porque sabes que solo allí puede estar el sosiego, que no la verdad, eso sería mucho pedir, ni el secreto para vivir, eso también ya lo olvidaste hace tiempo, pero por más que taladres tus caminos interiores, aquello que buscas parece ser que no existe más que en tu imaginación.

            Entonces, ¿por qué se sigue?

            No lo sabemos, intentamos aturdirnos con placebos pero el pensamiento racional, no se rinde, ya se acerca a las teorías existencialistas, o se adentra por el camino de esa especie de condena religiosa que nos moldeó con barro de mártires, entonces reaccionas espantado, te niegas a dejarle espacio a ese absurdo en tu mente.

            Se supone que ya has avanzado lo suficiente en la vida como para tener la mente despejada de falsos paraísos; respiras hondo, te preguntas por qué tienes esa necesidad de afiliarte a colectivos, de aferrarte a pensamientos, teorías o modos de vida. Acto seguido buscas referencias en el reino animal, observas con atención la vida de las fieras que aún continúan libres en la naturaleza, las ves devorarse para satisfacer sus apetitos más primarios y encuentras que no hay mucha diferencia entre ellos y los ciudadanos amaestrados que toman todos los días el autobús para trabajar y cumplir su rol en la maquinaría que ellos mismos han creado.

            Tragas saliva, pasas página, te fugas a través de internet, dedicas horas del día a investigar las causas de la guerra, a analizar las posiciones de una y otra parte, te duelen los cadáveres que contemplas, gritas desde tus muros, clamas por una voz universal tan fuerte que sea capaz de detener toda esa locura.

            Tarea inútil de nuevo, la voz se apaga, se rompe la garganta, mientras se acumulan cuerpos destrozados en el paisaje de nuestra humanidad.

            ¿Qué siempre ha sido así? Eso no es consuelo y si fuera cierto, ya es hora de hacer algo, pero nada se hace, las iniciativas para cambios se estrellan contra las murallas de la cobarde comodidad y en medio de la avalancha mortal que está sucediendo de puertas para afuera de nuestra casa, tenemos que luchar con la que llevamos dentro, con esa guerra interior que a veces nos hace odiar todo lo que concierne a la condición humana, incluyéndonos a nosotros mismos, y otras nos impulsa a buscar pañitos de agua tibia para poder dormir en la noche, aunque solo sea un par de horas.

            Puede que esto suene a desahogo, a furia mal dirigida, pero esa inconformidad con todo lo que nos rodea es real, está ahí y muchas veces revienta de mala manera salpicando a todo el mundo. Quizás sea así, quizás esa es la vida y todo aquello de paz, tranquilidad y equilibrio es la falacia que necesitamos para disculpar nuestras miserias.

            ¿Quién nos educó entonces?