Nos han encerrado - por seguridad nacional - nos dicen -, del mundo exterior solo podemos ver tiritas de un paisaje hostil, pardo, reseco, como si la tierra estuviera muerta de sed. Y lo está, igual que nosotros, de vez en cuando un médico se acerca llevando un algodón húmedo que nos pasa por los labios, luego se marcha, es como una brisa que nos recorre unos instantes para abandonarnos a nuestra suerte.

            Solo distingo a dos hombres a mi lado, sé que hay más pero ni mis ojos alcanzan a dibujarlos, ni mi cabeza es lo suficientemente fuerte para levantarse un poco y comprobar  cuántos estamos recluidos en esta recámara de la muerte.

              Nuestros cuerpos se hayan tendidos en una sola cama, con apenas espacio para no rozarnos, cosa que nos han advertido muchas veces, si las pieles se tocan, se adherirán unas a otras dejando nuestros músculos al aire. Ninguno de nosotros quiere eso, en realidad no importaría, allí no hay ojos que se horroricen al ver nuestros cuerpos desollados.

              En el lado derecho se haya un hombre mayor, aunque no muy viejo, debe estar en esa etapa que llaman "mediana edad" es menudo, casi esquelético pero lo que da verdadero espanto es su cabeza demasiado pequeña, sin embargo, luce una gran melena de cabello canoso ensortijado, de vez en cuando veo sus ojos negros, debajo de ellos profundas bolsas de piel caen por su propio peso y sus labios terrosos apenas si murmuran débiles quejidos de vez en cuando. La piel de su cuerpo es gris, quebradiza y cada cierto tiempo se le revienta como abriendo grietas profundas que le producen un dolor espantoso; él no se queja, pero yo lo veo en sus ojos.

              El otro hombre es más o menos de su misma edad, pero no luce tan mal como el primero, aunque también tiene la piel tensa y quebradiza, da la impresión de sufrir menos. A su lado, tendida, estoy yo, también tengo la piel tirante y también se me rompe al menor movimiento, sin embargo siento que no estoy tan enferma, no tengo ningún dolor, pero no tengo fuerzas para salir de aquella habitación.

              Sé que debo quedarme ahí hasta el final, pero no el final de mi vida, sé que no acabaré mi tiempo en esa sala, algún día moriré, pero no será en este lugar, creo que me he vuelto inmune a la enfermedad, alguna vez, en algún lugar me contagié, pero mi cuerpo logró armar su ejercito de defensas y gano la batalla, de eso me alegro, pero siento un profundo pesar por ellos.

              Al cabo de un rato llega la sombra blanca del médico con su algodón húmedo y cumple su deber comedidamente, yo en primer lugar encuentro un nuevo sabor en esa mota  antes insípida, el hombre del medio también parece sentirse mejor, me lo dice un rayito de luz en sus ojos, sin embargo, el que ocupa el lugar de la derecha empieza a inflamarse, su cuerpo va ganando volumen y llego a temer que pronto va a explotar y nos empapará con sus entrañas.

              Luego se gira hacía a mi, como reprochándome, o reprochándole a la vida la injusticia que está cometiendo al tratarlo de esa manera, sabe que va a morir y no quiere, reniega de su suerte, entiendo todo eso sin que él haya podido siquiera mover los labios, y es que la rabia de la injusticia no necesita palabras para horadar nuestro corazón.

             Al cabo de tres días nuestros cuerpos empiezan a mejorar, quitan la cerradura de la puerta y de vez en cuando la abren para ventilar, cosa que no aporta nada nuevo a nuestras maltratadas pupilas, pues la tierra misma parece contagiada de nuestra enfermedad, árida, reseca y quebradiza.

              Mi ánimo mejora, ya estoy segura de que saldré de allí, sin embargo me apena la imagen del hombre de la derecha. Espanto los pensamientos y me preparo para irme, me tomo todo el tiempo del mundo antes de abandonar aquel campamento y me sorprendo a mi misma sintiendo un dolor profundo en el pecho. ¿Amo esto?, ¿me duele abandonarlo?, no lo entiendo, no sé porque siento todo esto cuando debería estar feliz de dejar atrás todo aquello. Los objetos del amor suelen ser inexplicables.

              Preparada para partir, miro por última vez al señor de la derecha y creo vislumbrar un matiz de salud en el rostro de su piel. Algo estalla en mi pecho, algo que me hace tambalear, es la certeza de que se salvará. De eso estoy segura.