Vive en una casa grande, tiene para él solo un gran patio donde tenderse al sol cuando le dé la gana o buscar sombra cuando éste se pone demasiado riguroso, rasca su lomo contra la arisca superficie del árbol, le da un rodeo y vuelve al sillón para limarse las uñas con el tapiz de los muebles.

            Su existencia está libre de almanaques o relojes, sus ojos verdes solo tienen cabida para la luz y la oscuridad, algunos sonidos aleatorios, además de dos platos siempre llenos, uno de comida sólida, el otro de liquido.

              A veces su existencia se llena de otros colores, de otras voces, de otros olores que no siempre le gustan, pero que por una extraña razón aparecen sin avisar; la verdad es que poco le importa lo que sucede a su alrededor, mientras no tengan nada que ver con él, no se rebela, al contrario, a veces despiertan su curiosidad, entonces se decide a variar su rutina, ronronea alrededor de unas piernas o se queda estático contemplando el sueño de alguien que duerme dentro de su territorio.

            En la madrugada los ojos se abren y lo contemplan espantado - él no sabe por qué causa temor - pero esos ojos al abrirse dejan ver destellos de miedo, él no sabe lo que es eso, pero lo nota por la agitada respiración, el parpadeo incesante y esa voz que produce un sonido extraño y ronco  al tiempo que mueve la cabeza nerviosamente.

              El se queda quieto, no iba a hacer daño, con su inmovilidad quiere dejarlo bien claro, pero el dueño de esos otros ojos se agita, cambia de posición, se refugia en sus propias trincheras y huye.

            No entiende por qué se va, a él no le importa si lo hace o no, a él no le importan sus miedos, sus gritos, sus sobresaltos, tampoco le interesa mucho saber qué tiene él en su cuerpo que produce tales efectos.

              Lo que sucede fuera de él simplemente no existe, así que abandona el cuarto, deja a ese otro ser cubierto hasta la cabeza con sus propias sábanas, temblando y mirando a hurtadillas para comprobar si ha abandonado la habitación o no. Sería interesante volver cuando haya recobrado la confianza para contemplarlo hasta que abra de nuevo los ojos, en efecto así lo hace unas cinco veces en el lapso de tiempo que va desde la una hasta las cinco de la madrugada.

              Después se aburre y se enrosca en su patio mientras recibe los rayos tibios del sol.


                          Ante el espejo se mira el rostro y recorre con sus dedos los caminos surcados en su piel por las uñas del felino, sabe que tiene que deshacerse de él, pero no se atreve ni a mirar hacía atrás, quizás lo esté mirando fijamente desde el umbral de la puerta.