Todos los extremos son peligrosos, pero si se está en el centro, no se es ni chicha ni limoná. Hay que tomar partido.

            Andas por las calles afinando el oído para tratar de entender no solo a la gente que te rodea, sino a tí mismo, buscas en los recovecos de tu interior porque sabes que solo allí puede estar el sosiego, que no la verdad, eso sería mucho pedir, ni el secreto para vivir, eso también ya lo olvidaste hace tiempo, pero por más que taladres tus caminos interiores, aquello que buscas parece ser que no existe más que en tu imaginación.

            Entonces, ¿por qué se sigue?

            No lo sabemos, intentamos aturdirnos con placebos pero el pensamiento racional, no se rinde, ya se acerca a las teorías existencialistas, o se adentra por el camino de esa especie de condena religiosa que nos moldeó con barro de mártires, entonces reaccionas espantado, te niegas a dejarle espacio a ese absurdo en tu mente.

            Se supone que ya has avanzado lo suficiente en la vida como para tener la mente despejada de falsos paraísos; respiras hondo, te preguntas por qué tienes esa necesidad de afiliarte a colectivos, de aferrarte a pensamientos, teorías o modos de vida. Acto seguido buscas referencias en el reino animal, observas con atención la vida de las fieras que aún continúan libres en la naturaleza, las ves devorarse para satisfacer sus apetitos más primarios y encuentras que no hay mucha diferencia entre ellos y los ciudadanos amaestrados que toman todos los días el autobús para trabajar y cumplir su rol en la maquinaría que ellos mismos han creado.

            Tragas saliva, pasas página, te fugas a través de internet, dedicas horas del día a investigar las causas de la guerra, a analizar las posiciones de una y otra parte, te duelen los cadáveres que contemplas, gritas desde tus muros, clamas por una voz universal tan fuerte que sea capaz de detener toda esa locura.

            Tarea inútil de nuevo, la voz se apaga, se rompe la garganta, mientras se acumulan cuerpos destrozados en el paisaje de nuestra humanidad.

            ¿Qué siempre ha sido así? Eso no es consuelo y si fuera cierto, ya es hora de hacer algo, pero nada se hace, las iniciativas para cambios se estrellan contra las murallas de la cobarde comodidad y en medio de la avalancha mortal que está sucediendo de puertas para afuera de nuestra casa, tenemos que luchar con la que llevamos dentro, con esa guerra interior que a veces nos hace odiar todo lo que concierne a la condición humana, incluyéndonos a nosotros mismos, y otras nos impulsa a buscar pañitos de agua tibia para poder dormir en la noche, aunque solo sea un par de horas.

            Puede que esto suene a desahogo, a furia mal dirigida, pero esa inconformidad con todo lo que nos rodea es real, está ahí y muchas veces revienta de mala manera salpicando a todo el mundo. Quizás sea así, quizás esa es la vida y todo aquello de paz, tranquilidad y equilibrio es la falacia que necesitamos para disculpar nuestras miserias.

            ¿Quién nos educó entonces?