Ella me dio un beso y se marchó. Por un instante nuestras pieles se unieron, nuestros calores se fundieron, luego, sin mirarme, giro en redondo envuelta en su vestido de flores mientras sobre ese remolino de tela alzaba la mano diciéndome adiós.

            Yo vi ese ramillete de vida alejarse de la mía por la calle en la madrugada de un día que quiero borrar de mi memoria, me quedé mirando su silueta hasta que me dolieron los ojos y ella se convirtió en recuerdo. Solo, en medio de la calle empezó la agonía, primero fue un dolor de piel desgarrada, después el corazón se estrelló contra el pavimento haciéndose trizas, desperdigando esquirlas a mi alrededor. Me agache a mirarlas con un primigenio impulso de recoger lo que pudiera, pero se habían convertido en briznas de cristal imposibles de volver a juntar.

            Me puse en pie, cerré los ojos para guardar el espectro de colores que me había abandonado y cerré la puerta, de mi casa y de mi vida.

            Ahora estoy solo, vuelvo a estarlo, solo con mis pensamientos, con mis demonios, con los días grises aunque brille el sol, con la lluvia, con mis cigarros, con el frio y el café que no debo tomar por mi salud… eso dicen los que saben de esas cosas.

            Debo aprender a salir de la cama otra vez, debo mirarme al espejo y reconocerme en esas arrugas, en esos puntos rojos sobre las mejillas, en esa ausencia de cabello y de muelas y de ganas de vivir que soy ahora.

             Con los días voy aprendiendo que las rutinas en plural son muy parecidas a las del singular, de hecho, casi no hay diferencias y si uno pone un poquito de su parte, tampoco tienen porque hacerte tanto daño.

            Con ese pensamiento volví a la calle, me preocupaba pasear por mi barrio sin ella, pero este no parece notar su ausencia, está igual, las mismas calles, las mismas sonrisas detrás de los mostradores en las tiendas, los mismos objetos expuestos al sol, faldas que se bambolean cuando un golpe de viento les da de frente, sombreros en amputadas cabezas de cristal que no se cansan de mirar tras los cristales, el mercado sigue lleno de gente, las carnes, los quesos y las frutas coqueteando desde sus estanterías.

           Llego hasta la floristería, veo los girasoles, mis ojos se quedan pegados a sus caras redondas y entiendo, ¡por fin!

            La alegría envuelta en su vestido de flores va y viene cuando le da la gana...