Frecuenta todas las almohadas del universo, sube las escaleras descalzo, abre y cierra las puertas lentamente; algunas veces se detiene conteniendo la respiración en la oscuridad. Recobra el aliento, avanza por el pasillo, mira de reojo las viejas y amarillentas postales que ya se han tomado como propio, su espacio en la pared hasta que llega a los dormitorios.

            Contempla los rostros de los durmientes, atento a su respiración, ve como mueven sus párpados y entreabren los labios dibujando las letras de su nombre.          

                 Silencio suspira feliz al comprobar que aún vive entre humanos.