La abuela lloraba siempre al picar la cebolla. Inquieta me preguntaba   ¿Qué asunto triste traía lágrimas a sus ojos?

           De la imagen de su espalda encorvada y su cabeza blanca empezaron a nacer palabras que hice mías. Palabras que hablaban de mundos fuera de la cocina, que sentían hambre, palabras hervidas o engullidas sorbo a sorbo, en los millones de viajes que realicé en torno a sus platos, en la mesa puesta y el primer mordisco al pan caliente.

          Palabras que brotaban de las arrugas de su rostro a la tibia luz de la cocina, y mientras bebíamos café, los motivos de su llanto se evaporaban.