Los hiperrealistas flotan por el mundo con dolor de ojos, esto los hace parpadear continuamente y los que no lo son, creen que son tímidos, o que viven asustados, eso, cuando se dignan mirarlos, porque en general, a menos que se tenga cierta habilidad para la observación, ellos logran pasar desapercibidos en el día a día, sin embargo, estallan continuamente por las aceras de las ciudades al menor soplo de fantasía.
        Leonor era una desertora del grupo, no porque los odiara, o no estuviera de acuerdo con ellos, la verdad es que nunca llegó a plantearse la cuestión a nivel general, pues existían en ella ciertos fenómenos que requerían toda su atención. Al principio era más bien un sentimiento de disgusto o incomodidad cuando se hallaba en determinados grupos sociales, aunque éstos fueran muy afines. Sentimiento que un día cualquiera se convirtió en una autopista circunvalar en la que se veía obligada a avanzar a una velocidad sobre la que ella no tenía ningún control y que sin embargo lograba alborotar sus moléculas produciéndole una especie de placer indefinible.
         Era peligroso avanzar por ahí, siempre aparecían otras especies fugaces cubiertas  con una red de piel que semejaba mucho a esas pieles irresistibles a una caricia, o ojos taladro que atravesaban su coraza causándole un dolor agónico. Imágenes que se quedaban con ella como postales evadidas de un arcano olvidado en algún lugar imaginario y sin dirección remitente.
         Imágenes de mujeres harén esperando una sonrisa, ojos entornados siempre a la espera de una palabra o de una señal de autorización, jóvenes de piel caramelo rozando cuerpos sedientos, infancias descubriendo placeres, placeres descubriendo cuerpos hiperrealistas que generalmente emanaban de su propio cuerpo, como si quisieran dejar de ser sus pensamientos para adquirir vida propia e independiente de su cerebro, pero sin decidirse a abandonarla completamente.
        A veces Leonor piensa que debería volver con ellos, quizás se deba al instinto de supervivencia, pero se niega a hacerlo o quizás sea porque en el fondo sabe que podría resultar muy peligroso vivir un día a día tan hiperrealista como ella misma, o tal vez porque en el fondo de su ser admite la posibilidad de un mundo en el que puedan convivir armónicamente todos los hiper, los neo, los casi, los post y los surrealistas… sin embargo sabe muy bien que para que ello suceda, antes hay que librar mil batallas, hay que vencer muchos monstruos y que en ello puede empeñar la vida entera. Para llegar a Itaca no hay que llevar equipaje.