Dicen que suele sobre volar los tejados de la ciudad, que se asoma a las ventanas de las casas para robar imágenes de familias, que salta de balcón en balcón con las risas de los niños escondidas entre sus párpados, para irse a su casa, encender el fuego, moler las semillas y mezclarlas con harina.

            No sé si existe o no, tampoco de donde surgió la leyenda, menos aún quien  trae cada diciembre el fruto de su trabajo, lo único cierto es que siempre tengo la misma sensación: espero con ansía y luego tardo una eternidad para dar el primer mordisco.

            Odio romper la armonía de tu cuerpo en forma de corazón.