Nacieron en un mundo de mierda colgando de un trozo de madera carcomida por   alimañas. El tiempo ha pasado y lejos quedó el estado larval, pero en un momento dado,  sus alas se partieron y los obligaron a vivir en ese reducido espacio recorriendo los altibajos de esa madera, desplazándose por sus pequeñas colinas. Desde allí empezaron a curiosear el mundo exterior.

             Ellos veían cosas que no tenían nombre pero que los otros llamaban cielos azules, montañas, ríos, agua, sonidos, nubes, árboles, formando un gran escenario que siempre cambiaba ante sus ojos asustados.

            A veces se sienten raros, sobre todo cuando contemplan a sus crías y ven sus apéndices alados, que justo al año desaparecen o se quiebran como cristales. No saben por qué nacen así y para qué podrían servir aquellas alas, pero una especie de sabor amargo les ataca en esas ocasiones y se imaginan que tal vez con aquellos apéndices podrían abandonar aquel mundo de mierda atado a ese trozo de madera que se está convirtiendo en fósil.

            Como en todas las sociedades, siempre hay uno que discrepa, hay uno que interroga y se atreve a dar pasos un poco más adelante que sus colegas, aún sabiendo que no es normal esa actitud y que si se va, si los abandona tal vez desaparezcan, pero esas montañas, ese cielo, esos árboles le producen temblores que podrían desaparecer si da el paso definitivo.

            Cuando le llegan los temblores tiene que disimular para que los demás no se den cuenta, pero es un esfuerzo inútil, ya otros saben que algo se ha roto en la unidad social que eran, por eso lo vigilan atentos a sus cambios, a sus procesos, a sus movimientos. Él lo sabe y espera, espera sin saber que lo hace, solo confía en que alguna vez, en algún instante, cuando se esté deslizando por la superficie del fósil sucederá, algo del exterior le enviará una señal y será el momento de la ruptura. Sí, ese momento llegará.